El lenguaje inclusivo, entre nosotros

«Bienvenides y a disfrutarlo». Guitarra en brazos, el músico Raly Barrionuevo abrió la puerta de su presentación en el festival de Cosquín, hace apenas una semana, apelando al lenguaje inclusivo, ese que levanta la «e» como instrumento de resistencia al absolutismo masculino de la «o».
La plaza le retribuyó una ovación. Podría pensarse que se trató de la respuesta de un público de sensibilidad y mirada cercanas a las del artista que, con el gesto, intentó construir un breve acto de militancia a favor de la lucha por la igualdad de la mujer, o sencillamente dejar planteada y plantada una manera consciente de comunicarse.
Pero más allá de la dimensión del impacto que pudieran tener algunos de estos actos, el lenguaje inclusivo ya anda entre nosotros.
Mientras muchos observan este nuevo escenario del habla con asombro y estupor, y hay incluso quienes lo subestiman, cuando no lo desestiman, en algunos núcleos socioculturales va adquiriendo consistencia real, pues se afirma en lo cotidiano.
Sucede cuando el uso del lenguaje inclusivo no sólo funciona como una bandera feminista, o algo así como una «jerigonza» militante, sino que se presenta en muchas situaciones como una necesidad.
La lucha de las mujeres por hacerse visibles en un mundo diseñado por los hombres ha sido ardua y es cada vez más ardorosa, en casi todos los terrenos. Lo que se intenta ahora es sortear, justamente, la invisibilización de lo femenino que plantea el lenguaje, en especial cuando aparecen los sustantivos colectivos y su genérico masculino (basta que a «las chicas» de un grupo se les agregue un varón para que pasen a ser «los chicos»).
El lenguaje es una construcción de siglos cargada de historia, y todas las construcciones humanas han sido moldeadas al calor del poder. Pero es un cuerpo vivo que refleja constantemente la evolución de la cultura y el conocimiento, así como los cambios profundos en la sociedad y en las relaciones entre la gente.
Para algunos, el lenguaje es una institución y debe ser respetada, aunque hay que recordar que las grandes transformaciones suelen apuntar también a las que aparecen como bastiones de órdenes anteriores.
Frente a la potencia del movimiento feminista, se sugieren otros caminos para saltar las encrucijadas machistas del idioma y evitar así una «catástrofe». Entretanto, hay que reconocer que la «e» le vino a dar sonoridad y fluidez al intento inclusivo (de modo escrito, se ha probado hasta aquí con la «x» o la «@» para reemplazar a la «o» que determina género).
Quizá sólo estamos en medio de un momento extremo de la ola y las cosas terminarán de encauzarse con moderación; quizá sean estos los indicios de una manera profundamente diferente de compartir el mundo entre hombres y mujeres, lenguaje incluido.
Y mientras pensamos en las palabras que usamos, el tiempo dirá la definitiva.

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