El país que no pudo ser

Apenas 124 años atrás la Argentina resultaba ser la nación con mayor riqueza per cápita del mundo. Un poco más reciente en la historia, y apenas 75 años atrás, el país aún mantenía estándares elevados: era la quinta nación del mundo en términos de riqueza por habitante (lo que hoy equivaldría a que cada argentino sea tan rico como los habitantes de Noruega o Hong Kong). Hoy, algunas décadas más tarde y en virtud de haber equivocado una innumerable cantidad de veces el camino, y casi que habiéndonos empeñado en hacer absolutamente todo mal, la Argentina acaricia apenas el puesto 80 en términos de PBI per cápita (esta vez asemejándonos a Serbia, Surinam o el Líbano). Una vergüenza, una desilusión, un robo y hasta un pecado capital lo que hemos hecho con lo que fue en algún momento una tierra de oportunidades. Hace algo más de un siglo, la Argentina era una máquina perfecta: generaba empleo, se industrializaba, sacaba gente de la pobreza a montones y hasta era uno de los lugares preferidos del mundo para venir a vivir en libertad, con la compañía perfecta de un futuro próspero asegurado. De toda esta Argentina maravillosa no hemos dejado en pie absolutamente nada.
Nuestros antepasados que migraban a estas tierras sabían que el esfuerzo los llevaría hacia un futuro digno y robusto. Nuestros abuelos ya estaban convencidos de que el progreso a través del sacrificio era una realidad de todos. Nuestros padres (una generación posterior) aprendieron a sobrevivir en una Argentina que se empezaba a empobrecer cultural, económica y socialmente. En eso que nos ha quedado, hoy nosotros estamos pensando simplemente en la posibilidad que la Argentina tenga ya su tiempo contado y que tal vez nuestros hijos no estén destinados a terminar sus días viviendo en estos horizontes gastados, resquebrajados y moribundos. Uno de cada tres argentinos son pobres (el 32% de la población). Prácticamente la mitad de los chicos menores de 14 años lo son también, todos ellos a los que no les brindamos ni educación de calidad (a veces ni siquiera de mala calidad) ni alimentación adecuada, ni un compromiso de que tendrán un mañana mejor. Esos chicos que deberán el día de mañana hacer de este, un país grande, pero que hasta aquí se puede visualizar solo serán parte de la miseria en la que estaremos inmersos dentro de algunas décadas más. La pobreza es una indignidad que buena parte del mundo ha logrado extirpar en su totalidad: simplemente se dedicaron a producir, a crecer de la mano de la educación y el esfuerzo y por sobre todo han entendido que el camino es vivir cada vez con mayores libertades.
La inflación, ese cáncer que nos acompaña desde 1935 (salvando extrañas excepciones como la década de los 90) con el cual nunca supimos muy bien qué hacer, ni mucho menos cómo. Somos tan autodestructivos que nuestra ignorancia nos llevó a promulgar frases tales como «un poco de inflación está bien». Algo equivalente a decir que un poco de tumores malignos no le produce daño a nadie.
Tampoco nos hemos privado de la devastación en educación: en términos educativos pasamos de ser un ejemplo a imitar por el mundo a ser unos mediocres formadores. De ser los mejores de América Latina nos transformamos en una expresión perfecta de lo que no hay que hacer en materia educativa. Socialmente hemos logrado una verdadera catástrofe: hemos convencido buena parte de la sociedad que el Estado es un amigo que nos dará todo lo que no logremos conseguir por nuestro propio esfuerzo. No necesitamos pescar ni cazar, pues el Estado lo hará por nosotros de una manera mitológica: lo hará gratuitamente sin pedirnos nada a cambio. Hemos convertido a la Argentina en un país socialista que pretende vivir como capitalista, no entendiendo razones. Hasta aquí hemos hecho todo mal y junto con esta decadencia hemos perdido de a poco lo más valioso que alguna vez supimos priorizar: nuestra libertad. Si no cambiamos nuestra realidad, llegará el día en el que no haya un mañana.

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