Inequidades


Somos conscientes de las dificultades que causa el aislamiento prolongado; son numerosos los problemas que afectan el aprendizaje, en particular en poblaciones socialmente vulnerables que no disponen de conectividad apropiada y con situaciones de fragmentación familiar, de violencia y de abuso.
No obstante, nuestros equipos profesionales del área educativa están trabajando de modo permanente para asegurar que todos los alumnos puedan completar el año escolar. Si bien la educación a distancia no reemplaza al colegio, intentamos preservar el derecho de los niños a la educación. Los docentes trabajamos mucho en los cuadernillos y sabemos que la mayoría de los padres los buscan. Pero yo pregunto: ¿en qué condiciones estudian los chicos? ¿Los padres los acompañan? ¿Quién suple nuestra ausencia?
Tampoco imagino cómo se va a medir todo esto al regreso, si sólo algunos chicos completan los trabajos, otros quieren, pero no pueden y muchos ya perdieron las ganas. ¿Cómo evaluar en agosto? (si volvemos).
Abrimos la librería un mes antes de la cuarentena. Al principio nos costó, pero la vamos peleando.
En este barrio no podés cobrar caro; si no, no vendés ni un lápiz. El problema son los precios, que cambian todos los días... Apenas comenzó el aislamiento, ofrecimos que dejaran los cuadernillos en el local, pero muchas familias prefieren retirarlos en el colegio; allá buscan la comida. ¿Necesitás algo... una lapicera, una libreta? Te hago precio.
Salgo temprano porque me lleva media hora llegar a la casa donde trabajo. Me acostumbré a caminar desde que no había colectivos, y ahora me ahorro el boleto. La familia me trata muy bien; incluso me dan ropa.
Apenas vuelvo, los chicos me esperan para completar la tarea. El problema es que hay muchas cosas que no entiendo, o no me acuerdo. Entonces pregunto en el grupo de WhatsApp de madres, pero todas estamos igual. «¿Para cuándo es el trabajo de Lengua?», escribí ayer. «Ni idea», respondió una que tiene cinco hijos. «Para el martes», dijo otra, pero no sé si hablaba de este martes o del otro martes. «¿Qué trabajo?», dijo una que dice no dar más. Yo rezo todos los días para que los chicos sigan aprendiendo, pero no es fácil.
Antes de que se cortaran las clases, la maestra nos pidió los e-mails. «Para mandarles la tarea si aparece el virus», dijo. Yo no me animé a decir que no tenemos computadora en casa, pero, cuando otros compañeros levantaron la mano, vi que no era el único. Entonces la «seño», que parece rebuena, nos pidió un número de celular. Yo le di el de mi mamá, porque mi papá no vive con nosotros. Y así empezamos.
Al principio era divertido, pero a las dos semanas se nos agotó el crédito y todo se complicó.
Mamá está contenta porque consiguió renovar el permiso para salir, pero la verdad es que cada día la veo más cansada. Yo trato de ayudarla, pero, entre el poco espacio, el perro que ladra todo el tiempo y mi hermanita que nunca empezó primer grado, estoy fundido. Creo que cuando todo esto pase, no voy a volver al colegio.
Según el Observatorio de la Deuda Social Argentina, siete de cada diez niños y adolescentes de los estratos sociales más bajos del país no disponen de computadora ni de acceso a banda ancha en su hogar. Su conexión se reduce a un teléfono inteligente por núcleo familiar. El 20% de ellos vive hacinado o comparte colchón para dormir, y su dieta se ha reducido en cantidad y en calidad. Como nunca antes, ha quedado expuesta la inequidad educativa.

Compartir esta noticia :

Deja un Comentario

IMPORTANTE: Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de las sanciones legales que correspondan. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar.

Más Noticias :