CON EL TELN DE FONDO DE LA ELECCIN DE SU NUEVO PRESIDENTE

La Corte, en el centro de la escena


Por estas horas se cocinan, a fuego lento, las decisiones del Alto tribunal en cuestiones centrales para el poder cristinista. No se trata solo del desplazamiento de los jueces. Ingresó, además, el planteo del jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, por la Coparticipación. Y desde tiempo atrás está el cuestionamiento aún irresuelto por la reducción a 13 miembros en el Consejo de la Magistratura. Los cortesanos saben que llevan las de ganar. No habrá ampliación de integrantes en la mesa decagonal no solo porque en la Cámara de Diputados no tienen número asegurado, sino porque en el Senado cualquier propuesta no lograría los 2/3, lo cual motivaría el retiro del pliego de Daniel Rafecas como procurador general de la Nación. En este contexto, los cinco ministros deberán elegir por uno que no será el actual Presidente. 

La disputa por el principal sitial del más Alto tribunal de la Nación es un clásico. Desde la misma conformación de la Corte, en 1863, se han dado pujas históricas por alcanzar mayorías en un mundo en el que las intrigas palaciegas están a la orden del día, aunque tienen la particularidad de que, como en el Vaticano, cuidan las formas en un ámbito en el cual los códigos se respetan aun en medio de las diferencias más extremas.
Desde el retorno de la democracia estas disputas se mantuvieron. El expresidente Alfonsín, junto a Arturo Frondizi, ostenta el logro de haber integrado las cortes más respetables de las últimas décadas. Alfonsín quiso que su presidente fuera Ítalo Luder; en tanto que Frondizi, más hábil, se limitó a convocar a juristas de notable valía, que fueron quienes definieron la titularidad del Alto tribunal, recayendo la designación en Benjamín Villegas Basabilbaso.
En el 83, la primera presidencia de la democracia, por elección de sus pares fue la de Genaro Carrió. Un destacado constitucionalista que dio forma a la doctrina del llamado recurso extraordinario por arbitrariedad de sentencia.
Carlos Menem, poco afecto a la fijación de límites por parte del Alto tribunal, avanzó con la ampliación de sus miembros, asegurándose la llamada «mayoría automática». Entronizó a Julio Nazareno, luego de fracasar en su intento de promover él mismo la designación del eximio constitucionalista Julio Oyhanarte, que ya había sido Ministro en la presidencia de Frondizi. Menem, al ofrecerle el cargo para reemplazar a Carrió -que había renunciado- le pidió que aceptara la Presidencia del Tribunal, un exceso que antes había cometido Alfonsín con Luder.
El ministro Enrique Petracchi públicamente contradijo al Presidente de la Nación, recordándole que la facultad de designar al titular del Tribunal era atribución excluyente de los ministros, con lo cual Oyhanarte desistió y la Presidencia terminó en manos de Nazareno, un abogado con pocos méritos que era socio en La Rioja del estudio de Eduardo Menem, pero que contó con el acompañamiento de los otros cuatro jueces que se incorporaron con la ampliación del Tribunal.
LA PUJA EN EL TIEMPO 
QUE SE VIENE
Para el Gobierno es un tema central. Para los cortesanos es una cuestión de Estado definir quién los representará. Podrán haber muchas diferencias por estos días, como las hubo siempre, pero los jueces tienen en claro que a las veces deben replegarse sobre sí para ser una sola cosa. Lo han demostrado una y otra vez. Cuando parecían divididos y enfrentados terminaron coincidiendo, cuando interpretaron que la agresión venía de afuera. 
Hace tres años, la disputa de Horacio Rosatti y Ricardo Lorenzetti, que quería un nuevo mandato, terminó beneficiando a un recién llegado, el actual Presidente. Tuvo las características de un virtual golpe palaciego que dejó descolocado a Lorenzetti, quien no imaginaba que Estela Highton pudiera dejar de acompañarlo.
Desde entonces, y hasta ahora, son los dos polos de poder dentro del Tribunal. Julio Maqueda, que llegó a la Corte de la mano del peronismo de Córdoba, sigue reportando a Juan Schiaretti. Con la salud quebrantada, Maqueda es el principal sostén de Lorenzetti. En más de una oportunidad, se excluyó de la posibilidad de asumir la Presidencia a pesar de ser hoy el ministro más antiguo (designado en 2002). 
Estela Highton, la jueza más cercana al Gobierno (actual vicepresidenta) no tiene una situación regular. Su permanencia en la Corte se dio por un atajo que la descalifica en el mundo tribunalicio. En connivencia con el macrismo extendió su continuidad al superar los 75 años de edad, faltando al juramento de cumplir la Constitución, ensayando un curioso amparo que -con resultado favorable- en primera instancia fue consentido por el macrismo que desistió de apelar. No está bien vista ni tiene predicamento dentro de la estructura funcional de la Corte, y podría ser la primera baja que tenga el Tribunal, circunstancia esta que preocupa al oficialismo que hoy no tiene posibilidad de lograr acuerdo, salvo que promueva a un jurista de impecable trayectoria.
El presidente, aunque respetado por sus pares, es considerado un alfil del anterior gobierno, compañero de estudios del presidente del bloque del PRO, Humberto Schiavoni.
Así las cosas, la disputa se circunscribe a Rosatti y Lorenzetti. Ambos, empeñados en comandar la Corte en el tiempo que se viene y luego de la puja entre ellos de la que sacó provecho Rosenkrantz.
Los dos han coincidido en constituir un cuasi bloque con Julio Maqueda, llevando la conducción colegiada por fuera de la orgánica del Tribunal. Son la llamada «triada», de origen peronista. Hoy, el factor de poder real que se ha permitido en 2016 recibir a Macri con una sentencia de altísimo impacto económico, como fue darle la razón a un reclamo de las provincias, lo cual impactó de lleno en los números del nuevo gobierno.
Como muestra de poder, los tres ministros modificaron el reglamento y le quitaron al Presidente la facultad de designar o remover funcionarios. Algo que volverán a modificar ahora como un tratado de caballeros, aun sin saber qué peronista será el que presida el Tribunal. 
Paradójicamente, ninguno de ellos es kirchnerista, lo cual es todo un dato en medio de la importancia sustantiva que tendrá la Corte como intérprete final de la Constitución de la República. Ejerce el control de constitucionalidad con todo lo que ello implica.

LOS DOS GRANDES TEMAS
El gobierno de Alberto reincidió en el error de ponerse de punta con el poder real. Llevaba las de perder y no extraña que esté perdiendo. El cuestionamiento al funcionamiento del Tribunal y el intento de ampliación fue visto como una virtual declaración de guerra por los supremos que cerraron filas con el instinto de supervivencia lógico ante situaciones de esta naturaleza.
Hoy tienen en sus manos resolver el reclamo de coparticipación y la situación de los jueces desplazados. Uno con implicancia económica muy fuerte más allá de la política, y el segundo con implicancia institucional insoslayable. La posibilidad de que la Corte desautorice al Senado de la Nación está en el bolillero de las posibilidades. Con ello un conflicto de poderes, y una crisis política muy fuerte.
La Corte siempre ha manejado los tiempos y las formas con magistral habilidad. Es consciente de su poder y sabe cuándo hacerlo explícito.
Por estos días, el Tribunal rechazó un pedido para resolver. Descartó la vía del per saltum. Algo lógico para no generar un precedente. Y al diferir la decisión dejó que el Senado moviera sus fichas. Sabe que así incrementa su propio poder, porque una decisión nulificante tendrá mucho mayor efecto.
Con todo, ha dado una señal muy clara. Anticipó que abriría la instancia de análisis, lo cual no es poca cosa. Las más de las veces los recursos ante ella planteados son desestimados sin análisis.
Antes, deberá expedirse la Cámara Contencioso Administrativa. Cualquiera sea el fallo, una u otra parte golpearán las puertas del Tribunal, en cuyo ámbito se habla del tema, y mucho.
Se especula con que dos de los ministros buscan consenso para una decisión favorable a los jueces. Si así fuera, se descarta que se logre el tercer voto del otro peronista y que se sume al Presidente. El juez Rosenkrantz acompañaría en el sentido del voto, aunque con argumentos complementarios. El de la vicepresidenta es una incógnita. Se acomoda según la ocasión. Y hasta podría abstenerse.
Habrá que esperar unas semanas para saber para dónde cae la taba. Nadie puede asegurarlo. Son muchos y muy fuertes los intereses en juego.

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