Un país en estado de anomía


No es para nada inusual que un paciente niegue su afección hasta que la gravedad de su caso lo obliga a asumir que debe tratarse. Mucho menos inusual es que ese acto de lucidez resulte a la postre tardío, porque las cosas ya no tienen remedio. Así le está sucediendo a la Argentina, que desde hace décadas viene eludiendo la evidencia de sus síntomas y se encuentra hoy en el punto más bajo de una historia institucional de clara decadencia, la más visible desde 1983 a la fecha, sin mengua de los 50 años anteriores, no menos graves.
Los datos emergentes son de un volumen enciclopédico. Vecinos que en Tilisarao se sublevan por las barreras que gobiernos provinciales y municipales han implantado sin orden ni concierto para impedir la libre circulación, con una ignorancia homérica de toda norma constitucional. Jueces federales que interpretan las cosas de manera diferente entre una y otra provincia y arrojan el tema a la Corte Suprema de Justicia de la Nación para que esta lo resuelva sin tiempo ni forma cuando el asunto ya sea irrelevante. Una Justicia de magistrados que se pasan las causas como si ellas quemaran. Gobernadores que miran hacia cualquier parte. Y un gobierno nacional que juega a las escondidas mientras elude sus deberes esenciales, y al mismo tiempo aprovecha para resolver cuestiones que solo interesan a unos pocos.
Demasiadas cosas a la vista, que avalan la sensación generalizada de que quienes no las están viendo no quieren verlas.
«Anomía», la palabra acuñada hace unos años para definir lo que nos pasa, ya casi ni alcanza para abarcar la magnitud del drama de nuestra caída en picado, que se materializa con dosis iguales de desparpajo e impudicia. Algo que los ciudadanos en estado de abandono han introyectado, ya que están librados a sus propias fuerzas y solo los más poderosos tienen alguna capacidad de interlocución.
En este marco propio de un navío que cruje en medio de la tempestad, los poderes Legislativo y Judicial aportan lo suyo para que todos y cada uno sepan que, como en cualquier naufragio, se salvarán quienes lleguen primero a los botes. En caso de que los haya.
El silencio generalizado de quienes ostentan distintas responsabilidades empresariales, gremiales y hasta religiosas es estruendoso, y es abonado por una maquinaria que a diario descalifica, ningunea y hasta escracha a quienes osan manifestarse, tratando de acotar las protestas que se suceden en todos los órdenes por el expeditivo método de situarlos en el espacio del mal: son destituyentes, fascistoides, golpistas y mucho más.
El duro rostro de la pandemia y una cuarentena mal administrada en la que se eligió el autoritarismo por sobre la persuasión nos han arrojado de lleno en el abismo de nuestra impotencia largamente probada para atacar la raíz de nuestros males, y nos muestra hoy el retrato descarnado de un país improbable, de una República fallida y de un futuro difícil que solo puede computar como éxito la generalización de la pobreza y la desesperanza.

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