LA SEMANA POLITICA

Un momento para la reconciliación

La primera jefa de Estado en ser recibida por el Papa Francisco será la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, quien tendrá la oportunidad de recomponer sus relaciones con la Iglesia en un año electoral complicado por los problemas económicos. El Sumo Pontífice demuestra que no guarda rencores y que entre sus prioridades está la Argentina, que gana presencia internacional y suma apoyos para ser considerada una Nación madura y soberana.

Por la doctora Andrea Guardia Mendonça

Cuando mañana, en el mediodía de Roma, Su Santidad Francisco reciba en audiencia a la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, se habrá cumplido una paradoja. Será la primera jefa de Estado en mantener una conversación reservada, directa y exclusiva con el Sumo Pontífice, quien de esa forma envía una señal contundente al pueblo argentino de que no olvidará sus orígenes y mucho menos las necesidades de un país en el que todavía las diferencias entre pobres y ricos son abismales, los males endémicos son los mismos que se creían erradicados al principio del siglo XX y parte de su territorio se halla sometido a los dominios de una potencia colonialista extranjera.
Hasta hace pocas semanas a Cristina Kirchner le hubiera bastado cruzar caminando la Plaza de Mayo para conversar con ese cura que vivía en la casa parroquial de la Catedral, pero no fue así. Se dice –aunque no hay confirmación por parte del Gobierno Nacional- que la Casa Rosada habría postergado 14 veces audiencias solicitadas por monseñor Jorge Bergoglio cuando era arzobispo de Buenos Aires y planteaba desde ese rol cuestiones urticantes como la necesaria justicia para los muertos de la tragedia de Cromañón o una revisión en los mecanismos de distribución de la asistencia social ante las sospechas que recaían sobre organizaciones vinculadas al Gobierno, como por ejemplo la Fundación Sueños Compartidos.
La confrontación fue constante y los exégetas de la presidenta, en especial el periodista Horacio Verbitsky, durante largo tiempo se dedicaron a revisar la foja de servicios del arzobispo, que sorprendía con gestos de humildad peligrosos para el modelo nacional y popular. El religioso era realmente austero, era realmente sencillo en su comunicación con la gente y hasta había sido fotografiado compartiendo un mate con un trabajador de la Villa 31. Con una conducta tan contrastante con el estilo de vida de una presidenta que viste a la moda con Louis Vuitton, había que encontrarle el pelo en la leche y ¡zás! apareció una supuesta mancha en los tiempos de dictatura.
«Bergoglio no protegió a dos curas jesuitas torturados», aseguró en sus escritos Verbitsky. Dijo también que el arzobispo de Buenos Aires mantenía una actitud indolente frente a los crímenes de lesa humanidad que se cometían mientras Videla, Massera, Viola y demás, gobernaban la Argentina, pero se topó con los testimonios de verdaderos perseguidos en aquellos años, que aseguraron todo lo contrario. El entonces párroco Bergoglio asistía dentro de sus posibilidades a los trabajadores y militantes sociales que integraban las listas negras y participaba de una organización que buscaba rescatarlos y facilitar los mecanismos para que pudieran abandonar el país. Entre los suscriptores más ilustres de estas afirmaciones se encuentra nada menos que el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel.
Después de que tanta agua pasó por debajo del puente, el cónclave cardenalicio produjo un giro en la historia de la Argentina y el mundo. Designó al primer Papa latinoamericano, al primer jesuita en el trono de Pedro y demostró que la soberbia política puede volverse peligrosamente en contra de quien la ejerce, como si fuera parte de los requisitos para el ejercicio del poder. Esta vez será la presidenta quien deba tocar a la puerta de Bergoglio, ya Francisco, para tratar los asuntos más acuciantes de un país que valora las medidas de contención social que adoptó el kirchnerismo como respuesta a décadas de indiferencia oficial, pero que comienza a pedir más en medio de un espiral descendente de inflación, corrupción e inseguridad.
¿Tendrá la presidenta la humildad de pedirle al Papa argentino que la ayude a corregir esos aspectos de su administración? A juzgar por la posición radicalizada de los kirchneristas más duros, de los militantes de la ultraizquierda, que apoyan a la presidenta desde las épocas de la transversalidad de Néstor,  no hay espacio para una reconciliación con la Iglesia cómplice del genocidio iniciado el 24 de marzo de 1976. Sin embargo, hay otro kirchnerismo, más abierto a los cambios, menos reaccionario y hasta creyente, que salió a expresar su sosiego por la designación del Papa Francisco. Y si para muestra basta un botón, hay que mirar las fotos del temible secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, celebrando el humo blanco porque «tenemos un Papa peronista».
Efectivamente, Bergoglio nunca escondió su afinidad con el justicialismo. Como buen jesuita, recorrió los barrios marginales del Gran Buenos Aires, acompañado por militantes de la pastoral juvenil que él mismo ayudó a organizar hace 15 años, para combatir la pobreza a través de iniciativas simples, pero efectivas. Por ejemplo, con la conformación de cooperativas textiles que dieron cabida a mujeres bolivianas traídas ilegalmente a la Argentina para trabajar como esclavas en los talleres de famosas marcas de moda como Kosiuko, hoy investigada por trata de personas.
Su amiga personal de tantos años y ex secretaria de Derechos Humanos de la presidencia de Néstor Kirchner, Alicia Olivera, lo confirmó por televisión sin despeinarse: «Sí, Jorge siempre fue peronista y no lo ocultaba». Fue otro baldazo de agua fría para un Gobierno Nacional que hace equilibrio entre la inflación y el cepo cambiario para dominar una economía que corcovea como un toro de lidia, amenazando con salirse de la arena para arremeter contra los espectadores.
El Papa habló en su momento de la necesidad de una reconciliación nacional, de la «desaparición de lo pasado para el resurgimiento de la convivencia fraterna en la fe». Criticado por esas expresiones que la izquierda dura consideró un intento de frenas las causas por derechos humanos, el entonces arzobispo de Buenos Aires respondió con hechos al reclamar justicia para los muertos en democracia por la desidia del Estado. Ergo, defendió los derechos humanos en hechos más recientes y poco mencionados por el oficialismo, tanto porteño como nacional, donde las tragedias de Cromañón y de Once, son casi mala palabra.
Quizás Cristina haya comprendido finalmente el sentido de aquel mensaje del hoy Papa de los villeros, así conocido en Europa, donde todavía no pueden creer que el Sumo Pontífice haya renunciado a la limusina, a los zapatos rojos de horma exclusiva, a las cruces de oro y a otros símbolos de ostentación para honrar a Francisco de Asís no sólo con el nombre, sino con los actos. Hay indicios de que la jefa de Estado piensa reconstruir su vínculo con la Iglesia. De hecho fue la primera en confirmar que viajaría a Roma para presenciar la asunción formal de Su Santidad, pero además varios exponentes del ala dura de su tropa de incondicionales salieron a expresar su respeto y su alegría por la designación del ex cardenal porteño. Por ejemplo, Emilio Pérsico y Gabriel Mariotto, quien se declaró amigo del Papa.
Puede que la presidenta, en pleno año electoral, pero todavía con suficiente tiempo para limar imperfecciones de su estrategia y corregir el rumbo en aspectos como la relación con la Iglesia, haya tomado conciencia de que el Sumo Pontífice, con su sola opinión, puede ayudar y mucho a resolver los problemas internacionales de la Argentina. ¿O acaso no le gustaría que el máximo prelado del catolicismo mundial se pronunciase en contra del afán mercantilista de los fondos buitre? Sin dudas que si alguien le preguntara a Francisco su opinión sobre la conducta oportunista y usuraria de esos inversores sin bandera, los condenaría en nombre de su ratificada opción por los pobres.
Lo mismo sucede en la causa Malvinas. Todavía siendo cardenal primado de la República Argentina, monseñor Bergoglio tuvo palabras muy duras en sus homilías contra Gran Bretaña por mantener «la injusta ocupación de territorio argentino». Ahora las cosas han cambiado en el escenario internacional, pues el jefe de Estado más poderoso del mundo, por lo menos en lo que a espiritualidad y confesiones religiosas se refiere, lleva los colores argentinos debajo de la sotana blanca.
Algo de eso ve venir el primer ministro británico, David Cameron, quien se anticipó hace un par de días a recordar que el plebiscito organizado en las islas fue «contundente» y que se permitirá «disentir respetuosamente con las opiniones del Papa». Obviamente que el Reino Unido es soberano y mantendrá su posición de que las «Falklands» son parte de su territorio de ultramar, pero ante los ojos del mundo les será más difícil hacerlo; el costo que pagarán como antigua potencia invasora, colonialista y pirata, será aún más alto que cuando la ONU se pronunció en contra de la ocupación del archipiélago regado con sangre argentina en 1982.
¿Sería más fuerte o más débil Cristina con una Iglesia que, conducida por un Papa connacional, actúe como aliada en esos y otros grandes temas? Depende de ella que se cumpla una u otra opción, de su cintura política para conducirse ante sus seguidores más rebelados con la llegada del padre Jorge al Vaticano y de la sinceridad que demuestre ante el Sumo Pontífice cuando llegue el momento de rendirle honores por ser, al menos para la Iglesia de Roma, el representante de Dios en la tierra.

Por eso la audiencia de mañana en la residencia provisoria que ocupa el Papa en el Vaticano será mucho más que un intercambio protocolar. Será un momento de reconciliación que si es bien aprovechado por la jefa de Estado, repercutirá en el mundo político con un impacto positivo para la imagen de Cristina, que ya no necesita conquistar a la juventud rebelde que la viva desde las huestes ideologizadas de La Cámpora, pero sí precisa conservar el apoyo de la clase media que, sin pertenecer a movimientos K o al propio justicialismo, la votó en su momento porque había experimentado un cambio significativo en su calidad de vida.
La presidenta, con sus actitudes posteriores al encuentro con el Papa argentino, hará saber qué camino eligió. Las señales que transmita a partir de esta bisagra en la historia mundial que marca a fuego el destino de la Argentina como Nación del llamado Tercer Mundo, serán determinantes para un futuro político en el que hasta se habla de re reelección, como el propio gobernador Jorge Capitanich propuso a sus pares en el congreso del grupo Gestar, hace un par de noches, en la ciudad entrerriana de Paraná.
Capitanich pidió una nueva oportunidad para la presidenta, para no retroceder en las conquistas sociales obtenidas en estos 10 años de administración justicialista. Paradójicamente, el Papa ha expresado que Dios también concede nuevas chances a quienes sienten que equivocaron el camino o que aún tienen metas por cumplir en la vida terrenal. Pero también añadió el requisito de la confraternidad, la reconciliación y el respeto por los diferentes pensamientos.
Si traspolamos esas expresiones de sus tiempos de arzobispo al escenario convulsionado del Chaco actual, sin dudas que el gobernador y sus opositores tienen el deber de poner las barbas en remojo ante los episodios de violencia acaecidos hace pocas horas en San Bernardo. No hay registro en la memoria democrática chaqueña de quema de vehículos o intifadas populares contra terratenientes, por lo que el episodio en cuestión constituye una luz de alerta. Especialmente porque inmediatamente después de ocurrido, hubo sectores partidarios que quisieron sacar provecho político de los incidentes y se ocuparon de difundir la noticia parcializada con la velocidad del rayo, sin acercarse al escenario de los acontecimientos para escuchar a las partes, con lo que hubieran contribuido a tranquilizar las aguas.

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