Mientras la Patagonia volvió a encabezar el ranking de las regiones con los precios más altos del país, en provincias como el Chaco y el resto del Nordeste Argentino (NEA) el problema no pasa tanto por el valor nominal de los alimentos sino por el esfuerzo que deben realizar las familias para sostener el consumo básico. Así lo revela un informe reciente de la consultora Analytica, que advierte que, aunque los precios sean más bajos que en otras zonas, el peso de la canasta sobre los ingresos es considerablemente mayor.
Según el relevamiento, durante diciembre una familia tipo, integrada por dos adultos y dos menores, necesitó cerca de $900.000 para realizar una compra mensual básica de alimentos y bebidas en el supermercado. Sin embargo, ese promedio nacional esconde fuertes diferencias regionales. En el NEA, región que integra el Chaco, el costo de la canasta representa el 29,1% del ingreso combinado de dos salarios promedio, lo que refleja un mayor esfuerzo económico para los hogares. La situación contrasta con lo que ocurre en la Patagonia, donde, pese a que los precios son más elevados, el changuito equivale apenas al 15,6% del ingreso promedio, gracias a niveles salariales más altos. Esta disparidad expone una de las principales dificultades estructurales del Chaco: ingresos más bajos que hacen que el consumo básico resulte proporcionalmente más caro, incluso cuando los precios no son los más altos del país.
«Depende de qué
pongas en el carrito»
Consultado sobre el informe, el referente de la Cámara de Supermercadistas del Chaco, Miguel Simons, relativizó la cifra de los $900.000 y advirtió que el monto depende en gran medida de los hábitos de consumo y de la forma de compra.
«Depende qué pongas arriba del carrito y para cuánto tiempo vas a comprar. Si decimos que una familia necesita $900.000 para alimentarse todo el mes es una cosa, pero si decimos que la gente va al supermercado y llena el carrito con $900.000, no estoy de acuerdo», señaló. En diálogo con La Voz del Chaco, Simons explicó que el gasto final está fuertemente condicionado por la elección de productos, marcas y tamaños de envases. «No es lo mismo cargar un aceite de litro y medio que uno de tres litros, ni tampoco depende de lo mismo el consumo de cada familia. Hay hogares que usan un aceite al mes y otros que consumen mucho más», detalló.
En ese sentido, sostuvo que una administración cuidadosa del presupuesto familiar puede reducir significativamente el gasto. «Comprando productos que estén en oferta, eligiendo buena calidad aunque no sean primeras marcas y aprovechando los descuentos bancarios o aplicaciones como Mercado Pago, creo que no se llega a esos montos», afirmó.
Marcas, hábitos y
cambios en el consumo
El supermercadista remarcó que el consumidor chaqueño se ha vuelto cada vez más selectivo. «Yo, por ejemplo, no compro marcas por el nombre. En el caso del aceite, compro el que esté en oferta porque el aceite de girasol es uno solo, más allá de la marca», explicó. Algo similar —dijo— ocurre con aderezos y productos elaborados, donde las marcas propias de supermercados o mayoristas ofrecen alternativas más accesibles.
También destacó que uno de los principales factores que encarece el changuito es el consumo de carne vacuna. «Si cargás tres o cuatro kilos de carne, eso ya te lleva gran parte del presupuesto. Por eso muchas familias están cambiando proteínas: consumen más pollo, cerdo, huevos o incluso vegetales», indicó. Sin embargo, reconoció que ese cambio no es sencillo para todos. «Hay gente que si no tiene el bife en la mesa siente que no comió. Y la carne está cara, muy cara, y todavía no llegó todo el aumento al mostrador», advirtió.
Inflación, márgenes y consumo deprimido
Al referirse a los últimos datos de inflación, Simons fue crítico sobre la forma de medirla. «Hoy medir la inflación es casi una utopía. Por ejemplo, en los últimos tres meses el ganado en pie aumentó cerca del 30%, pero la carne al mostrador subió alrededor del 17%. Todavía no se trasladó todo», explicó. Según el dirigente, esa diferencia se explica porque la cadena comercial está absorbiendo los aumentos. «La brecha entre el productor y el mostrador es la más baja de los últimos años. El abastecedor, el carnicero y el supermercado se están comiendo rentabilidad», afirmó. En un contexto de consumo deprimido, aseguró que los márgenes son cada vez más ajustados. «No estamos en recesión, pero sí en un consumo muy bajo. Los impuestos siguen, los combustibles aumentaron, los servicios también, y nadie está haciendo inversiones. Todo eso hace que los márgenes caigan», señaló. «Hoy miramos diez veces antes de aumentar dos centavos. Trabajamos con márgenes que no alcanzan ni para pagar los impuestos», agregó, y vinculó esta situación con el atraso en el pago de tributos que atraviesa gran parte del sector comercial.
«El empleo privado en el Chaco no está creciendo»
Además, alertó sobre la situación del empleo en la provincia. «El empleo privado en el Chaco no está creciendo, al contrario, está decreciendo. Eso es gravísimo, porque el empleo que se pierde va a la clandestinidad», sostuvo. Según su estimación, «el 90% de quienes dejan de trabajar en relación de dependencia termina trabajando en negro, ganando menos y sin aportar a las cajas».
Simons señaló que incluso los supermercadistas atraviesan serias dificultades para cumplir con sus obligaciones. «No estamos hablando solo de pequeños comerciantes. Muchos supermercados tienen problemas para cumplir con el Estado, con el gremio y con el pago de sueldos», advirtió.
Para graficar la situación, detalló el costo laboral de un comercio pequeño. «Un negocio que necesita solo dos empleados y quiere tenerlos en blanco tiene que pagar alrededor de 450 mil pesos en aportes al Estado y al gremio. Eso significa casi un millón de pesos en cargas, más los sueldos, que hoy rondan un millón noventa y ocho mil pesos cada uno. En total, necesita cerca de tres millones de pesos para sostener dos empleados», explicó. Y se preguntó: «¿Cuánto puede vender un negocio chico con dos empleados para cubrir eso? No cierra por ningún lado».
Finalmente, vinculó esta situación con la informalidad laboral y el deterioro del sistema previsional. «Todo esto genera empleo en negro, juicios laborales y una caída del ingreso a las cajas de jubilación y a las obras sociales», afirmó. Y concluyó: «El número de inflación va a ser real el día que el mercado esté funcionando al 100%, o al menos al 75%. Hoy está funcionando al 40 o 50%».
Creciente uso de
tarjetas de crédito
En otra parte de la nota, Miguel Simons, advirtió sobre el creciente uso de tarjetas de crédito para afrontar gastos básicos y cuestionó con dureza el endeudamiento del consumo cotidiano, al que calificó como una «barbaridad».
«Hoy la mayoría de los pagos son digitales y se están usando las tarjetas en cuotas para consumir alimentos. La propia publicidad te empuja a eso: «comprá con tal tarjeta y paga la comida en tres cuotas. Eso es una barbaridad», señaló. En ese sentido, sostuvo que endeudarse para adquirir mercadería de consumo inmediato no tiene lógica económica: «Salvo que uno haga una inversión, como comprar una heladera, y diga ‘me financio un bien durable’, lo demás no tiene sentido. La gente come la mercadería y después tiene que pagarla, y bien caro».
Simons remarcó que los costos financieros terminan agravando la situación de las familias. «No solo pagás la carne que ya comiste, sino que además la tarjeta te carga intereses entre las cuotas, que muchas veces son leoninos. Entonces, el problema no se soluciona, se profundiza», afirmó.
En otro tramo, el dirigente puso el foco en la presión impositiva y los costos asociados a la actividad económica, que según indicó, no se redujeron pese a los cambios anunciados. «Todo eso no cambió nada. Se sigue sacando del bolsillo de la gente», expresó, y ejemplificó con los gastos que implica mantener un vehículo para trabajar. «Hoy, para tener una camioneta, tenés que pagar alrededor de 95 mil pesos al año. En mi caso, por una camioneta antigua pagué 28 mil pesos de patente anual, pero más de tres veces eso solo para hacer la RTO».
Changuitos cada
vez más livianos
En esa línea. Simons describió un cambio claro en el comportamiento de los consumidores. «En los supermercados PyME la gente compra al día, entre 15 y 20 mil pesos. Lleva tres o cuatro cosas. En las grandes cadenas el ticket promedio está entre 40 y 50 mil pesos», detalló.
En tanto, explicó que los supermercados mayoristas han perdido volumen de clientes. «La gente no tiene poder adquisitivo para comprar en cantidad y justificar ese viaje. Antes el mayorista estaba lleno; hoy eso mermó mucho, salvo algunas excepciones», explicó.

