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    Portada » Jarumi Nishishinya: «Mi arte es nikkei: una mezcla entre Okinawa y Argentina»
    Sociedad

    Jarumi Nishishinya: «Mi arte es nikkei: una mezcla entre Okinawa y Argentina»

    12 de junio de 2026
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    Por Facundo Sagardoy
    Para LA VOZ DEL CHACO

    La obra de Jarumi nace en una tierra de confluencias. Como dos ríos que se encuentran y continúan su viaje bajo un mismo cielo, Okinawa y el nordeste argentino recorren sus pinturas, dibujos y cerámicas, llevando consigo memorias familiares, símbolos ancestrales y paisajes afectivos que encuentran en el arte una nueva forma de existencia.
    Entrevistada en el marco de ArteCo 2026, la artista evocó los hilos invisibles que sostienen su universo creativo: la identidad, la memoria, el dolor y la transformación. Su búsqueda se inscribe en lo que denomina arte nikkei, una corriente donde la herencia japonesa de su abuelo y las raíces correntinas de su historia familiar alimentan una misma trama visual.
    En sus obras conviven mujeres de rasgos orientales, quimonos y gestos heredados del tiempo con figuras profundamente arraigadas en el imaginario litoraleño. Entre ellas aparece el Gauchito Gil, como una llama encendida en la memoria popular, portador de sacrificio, fe y resistencia. Ambos mundos se entrelazan como raíces subterráneas que comparten una misma tierra y dan forma a una identidad singular.
    La creación también encuentra alimento en su trayectoria como psicóloga y en décadas de trabajo en el campo de la salud mental. Allí aprendió a escuchar las geografías del sufrimiento humano, los territorios donde las palabras buscan forma y donde el arte puede convertirse en puente, lenguaje y transformación.
    Por eso el cuerpo ocupa el centro de su obra. Cuerpos surcados por cicatrices visibles e invisibles, como mapas donde el tiempo dejó sus señales. Cada figura guarda la memoria de una travesía interior y expresa la delicada convivencia entre fragilidad y fortaleza, entre herida y renacimiento.
    La representación constante de la figura humana encuentra su origen en una experiencia traumática de la infancia que marcó profundamente su sensibilidad. Desde entonces, el dibujo se convirtió en una corriente persistente que transforma el dolor en imagen y la memoria en una narrativa visual cargada de intensidad emocional.
    En ese universo también habitan el erotismo, los sueños y la literatura. Durante la pandemia, la distancia entre los cuerpos y la conciencia de la fragilidad humana impulsaron una producción atravesada por el deseo, inspirada en el shunga japonés y en las nuevas formas de encuentro mediadas por las pantallas.
    La cerámica abrió, además, un nuevo horizonte expresivo. En el barro encontró una materia capaz de conservar huellas, emociones y gestos; una superficie viva donde el volumen y la textura amplían las posibilidades del relato artístico.
    Actualmente desarrolla series vinculadas a los estados de ánimo, donde máscaras japonesas, figuras híbridas y emociones intensas dialogan entre sí como espejos fragmentados. En todas ellas persisten las mismas preguntas que recorren su trayectoria: la identidad, la memoria y la transformación. Para Jarumi, cada obra es un puente tendido hacia el otro, una embarcación que zarpa desde la experiencia personal y encuentra su destino en la mirada de quien la contempla.

    • ¿Cómo influye tu ascendencia de Okinawa en la obra que estás presentando y, en general, en los espacios que recorrés recurrentemente?
    • Mi abuelo vino de Okinawa, Japón, y yo me crié en un ambiente con iconografía japonesa: esculturas, pinturas y grabados. Desde que comencé a pintar y dibujar de manera sistemática en el taller Guernica, en 1994, realizo mujeres con quimonos. La estética oriental atraviesa mi obra desde un principio. A veces aparece más en algunas series que en otras, pero también escuché a críticos de arte decirme que no solo tiene que ver con ciertos detalles estéticos, sino también con una composición más oriental. Mi arte es nikkei. ¿Qué quiere decir nikkei? Es el descendiente de japoneses arraigado y nacido en otro lugar. Hay distintas generaciones. Por lo tanto, mi arte no es japonés ni nipón: es nikkei. Aparecen cuerpos más latinoamericanos; es una mezcla.
    • Vamos a eso entonces. ¿Qué recuerdos de Resistencia y del nordeste argentino aparecen en tu obra?
    • Tengo un abuelo de Okinawa, pero también bisabuelas y abuelas correntinas. Tengo mucha sangre correntina. Toda la familia de mi padre viene de Goya. Mi abuela se radicó en Resistencia y mi abuelo materno era de Itatí. Toda esa mezcla aparece en mi obra. También aparece el Gauchito Gil desde hace algunos años, a partir de una experiencia muy fuerte que tuve. Respeto mucho su popularidad como santo elegido por el pueblo y como figura sublevada, alguien que se negó a matar inocentes. Me resulta muy interesante porque no deja de ser un chivo expiatorio de una sociedad que lo condenó y lo mató. Desde ese mito tan fuerte surge algo muy arraigado en mí. Entonces aparece esa mezcla de una mujer que parece geisha o japonesa, con peinado oriental, junto a una estatua del Gauchito, atravesada por esa gota de sangre que corre, porque es la sangre del inocente, del sacrificado.
    • El arte es un elemento fundamental de la cultura y también de la psicología, de la ciencia del alma. ¿Cómo se encuentran en tu obra estas reflexiones sobre la condición humana y el arte visual que mostrás para el goce estético, el recuerdo y la memoria de un origen lejano, pero también cercano?
    • Soy licenciada en Psicología y trabajé siempre en instituciones. Mi primer trabajo fue en el neuropsiquiátrico San Francisco, de Corrientes, dando talleres de arte antes de recibirme. Siempre elegí trabajar en el ámbito de la salud mental. Hace más de veinte años trabajo con personas con psicosis, con autismo y con discapacidad. Eso influye profundamente en mi sensibilidad. Estas personas muestran una desnudez humana muy particular, tanto en el sufrimiento como en la alegría. Sus expresiones son honestas y su humor muy singular. A mí me conmueven profundamente. Trabajo apasionadamente para escucharlos, contenerlos y, en algún punto, aliviar el dolor que generan las alucinaciones y las complejidades propias de la psicosis.

      El cuerpo, territorio de memoria, herida y transformación
    • Pasemos al cuerpo, que en el arte contemporáneo se convirtió en un campo de disputa simbólica. ¿Qué lugar ocupa el cuerpo en tu obra y qué te interesa explorar a través de él?
    • El cuerpo humano me obsesiona desde muy niña. Mi madre cuenta que, a los ocho años, le pedí que me llevara a aprender dibujo porque me preocupaba no poder hacer bien la figura humana. Personalmente adhiero a una idea de Marisa Wagner, escritora y referente de las artes vinculadas a la salud mental, quien dice que no conoce artistas que no provengan del dolor. Mi infancia estuvo atravesada por un dolor muy fuerte. Entre los tres y los cinco años sufrí abuso sexual por parte de un tío político. Eso marcó profundamente mi psiquismo y mi necesidad de dibujar el cuerpo humano una y otra vez. Siento que me rompieron el alma a través del cuerpo. Desde entonces dibujo compulsivamente: bocetos, cuerpos, figuras humanas. Cuando era adolescente iba sola a cafés con mi cuaderno y dibujaba personas durante horas. Creo que todo eso tiene que ver con intentar simbolizar tanto dolor y tanta fragmentación. Transformar la basura en belleza, como dice Marisa Wagner. Quiero que ese dolor aparezca en la obra, porque la obra redime y alivia el dolor. Hay algo en mi obra que transmite eso, incluso sin conocer mi historia personal. Hice una denuncia penal y debí hacerlo público para presionar al Superior Tribunal de Justicia del Chaco para que avanzara el juicio. Todo eso ya es público. Más allá de eso, mi obra intenta transformar lo terrible en belleza. Esa parte siniestra que aparece es también parte de la belleza que uno intenta generar en el mundo.

    Erotismo, pandemia y deseo: nuevas narrativas visuales

    • Me recuerda mucho a Felipe Noé. ¿Qué te atrajo del shunga japonés para desarrollar “Imágenes de primavera”?
    • Hace mucho tiempo quería hacer una serie erótica. Primero apareció un libro del Kamasutra hindú que me habían regalado. Después llegó la pandemia. Vivía sola con mi perro y mi gato. Creía que iba a morir de COVID porque había tenido una operación de pulmón y me consideraba de riesgo. Eso me hizo cambiar completamente la perspectiva sobre la vida. Entonces decidí pintar como una condenada a muerte. En ese contexto apareció el eros. Justamente lo prohibido era el contacto físico. Pensé que era el momento de trabajar la carnalidad, los abrazos, los besos, el contacto humano. Volví a revisar las estampas eróticas japonesas y, después de empaparme de esa estética, hice mi homenaje al shunga. En ese momento Alberto Fernández recomendaba el sexting y el sexo virtual. De ahí surgió la serie “Shunga e hipermodernidad”, donde incorporo pantallas y celulares. Todo eso nace de lo que vivimos durante la pandemia.

    La cerámica como lenguaje visceral y tridimensional

    • ¿Qué lugar creés que ocupa el nordeste argentino dentro de la escena nacional y regional?
    • ArteCo es la feria de arte más importante del NEA. Tiene trayectoria y una enorme calidad curatorial. Esta octava edición me emociona profundamente. Ver jóvenes, adolescentes y chicos maravillándose con las obras y sacando fotos me da esperanza. Todo lo que estoy viendo es muy positivo para la región. A nivel nacional ya conocen nuestro arte.
    • ¿Creés que el arte puede incomodar e interpelar socialmente?
    • Para mí, el arte debe interpelar. Mi obra busca incomodar, mover y hacer pensar. Me interesa el arte que saca al espectador de la comodidad. No necesariamente tiene que ser algo explícitamente rebelde o sangriento. A veces un paisaje gris con un cuervo puede generar esa incomodidad. El arte tiene que tocar fibras desconocidas. La obra se completa en el espectador. Por eso es tan importante exponer y circular las obras. No tiene sentido que queden guardadas en el atelier.
    • Hablemos de la materialidad. ¿Qué posibilidades expresivas te permiten la cerámica, la pintura y el dibujo?
    • Comencé con el dibujo. Es mi fuerte y nunca lo abandoné. La pintura me costó más, pero durante la pandemia encontré un método propio. Trabajo mucho con técnica mixta. Mi dibujo tiene algo pictórico y mi pintura algo muy ligado al dibujo. Dibujo directamente con el pincel. La cerámica es otra cosa. Me permite una visceralidad distinta. La arcilla siempre estuvo presente en mi vida porque mi padre trabajaba con ella. Desde 2004 trabajo sistemáticamente en cerámica. Durante mucho tiempo se la consideró un arte menor, pero hoy esos prejuicios quedaron atrás. La cerámica es una materia tan noble como cualquier otra y me permite trabajar desde el cuerpo y la tridimensión.

    Estados de ánimo: la nueva cartografía emocional

    • Para cerrar: ¿qué búsquedas artísticas o conceptuales te movilizan actualmente?
    • Siempre trabajé por series. Investigué el mundo de las geishas, el shunga y la vida de los luchadores de sumo. Todos esos universos me interesan porque combinan belleza y oscuridad. Actualmente estoy mezclando todas esas series. Trabajo en una nueva llamada “Estados de ánimo”, una serie profundamente visceral. Creo que tiene que ver con los últimos años de mi vida, especialmente desde que hice la denuncia penal por abuso sexual. Todo eso generó una escalada emocional muy intensa a nivel personal y familiar. Hoy mi búsqueda pasa por transformar esos estados anímicos en obra. Estoy en pleno proceso.
    • Muchas gracias.
    • De nada.

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