El domingo a la noche, cuando empezaron a aparecer los primeros números de Brasil, hubo sorpresa. Como siempre, se contaron primero los estados del sur, donde el bolsonarismo es fuerte, y Flávio Bolsonaro llegó a superar el 51% de los votos. Después la diferencia se fue achicando con los votos del norte, el territorio de Lula da Silva. Aun así, el resultado final fue un batacazo de Bolsonaro.
Prácticamente todas las encuestas, al menos las más reconocidas, ubicaban a Lula adelante. Le daban entre el 44% y el 46%, y a Flávio Bolsonaro alrededor del 40%. Pero el hijo del expresidente terminó con poco más del 47% y el presidente se quedó en el 45%.
Igual es una diferencia estrecha. Son unos 56 millones de votos contra casi 54 millones: apenas 2 millones de diferencia en un padrón de más de 158 millones de electores. Eso deja abierta la incógnita sobre lo que va a pasar en el balotaje del 25 de octubre.
¿Cómo se explica la distancia entre las encuestas y las urnas? No es la primera vez que pasa. En los últimos años vimos muchos candidatos que terminan sorprendiendo frente a lo que anticipaban los sondeos. Pero hay algo más, que ya veníamos marcando: la polarización era cada vez más clara. Los dos principales candidatos se llevaron prácticamente toda la torta, más del 92% de los votos, y ninguno de los demás llegó al 3%.
Los tres que siguieron, muy de lejos, fueron Augusto Cury, Renan Santos y Ronaldo Caiado. Los tres tienen un perfil de derecha, de meritocracia y libre mercado. Todo indica que la polarización les quitó votos a ellos y se los dio a Flávio Bolsonaro, que les es más afín en lo ideológico.
Para mí hay que leer esta elección desde varios lugares. El primero es que el bolsonarismo sobrevivió a Jair Bolsonaro. Hoy queda más claro que nunca: tiene un candidato que demostró ser competitivo.
Pero no se trata solo de la presidencia. En el Senado se renovaban 54 bancas y el Partido Liberal ganó más de un tercio, mientras que el PT de Lula se quedó con muchas menos. En Diputados pasó algo parecido: el partido de Bolsonaro eligió 121 de las 513 bancas, bastante más que la federación que encabeza el PT. Pase lo que pase el 25 de octubre, el bolsonarismo muestra fortaleza y capacidad política en términos de poder real: gobernadores, senadores y diputados.
Ahora empieza otra elección, y ahí veo varios factores que pueden ser determinantes. Primero, los votantes de esos tres candidatos que quedaron afuera. Entre todos suman cerca de 8,7 millones de votos, cuatro veces la diferencia entre Bolsonaro y Lula. No tengo dudas de que los dos comandos ya están buscando acercarse y negociar con ellos para quedarse con la mayor cantidad de votos posible.
Segundo, la abstención. Llegó al 21,08%, la más alta en una primera vuelta desde 1998. Son más de 33 millones de brasileños que no fueron a votar. Si la diferencia entre los dos candidatos es de 2 millones, esa es una bolsa enorme que Flávio y Lula van a salir a buscar.
Hay otros dos factores que quizás no están tan presentes en la discusión pública pero que también pueden pesar. Uno es el escándalo del Banco Master, que marcó la campaña. Es el mayor caso de fraude bancario de la historia reciente de Brasil, con una pérdida de 47.000 millones de reales para el sistema de garantía de depósitos. Salpicó a personas muy importantes, incluidos jueces del Supremo Tribunal Federal, y al propio Flávio Bolsonaro. Muchos dicen que para que Lula gane tiene que aparecer un escándalo de esa magnitud o mayor que afecte la imagen de su rival. Hasta hay quienes sostienen que Lula podría tenerlo guardado para tirarlo en la recta final. Son versiones, solo hipótesis, pero hay que tenerlas en cuenta.
El otro es la posible injerencia de Estados Unidos. Unos días antes de la elección, en una entrevista con Christiane Amanpour para CNN, Lula pidió que Estados Unidos no se meta en las elecciones brasileñas. Recordó que los dos países tienen más de 200 años de relación diplomática sólida, dijo que ya había indicios de interferencia y se mostró preocupado por Marco Rubio, por su cercanía con el bolsonarismo. El domingo a la noche, el director general de la Policía Federal, Andrei Rodrigues, confirmó que investigan una posible interferencia externa por parte de Estados Unidos a partir de una denuncia de la Abogacía General de la Unión.
En Brasil se juegan muchos intereses: los de los brasileños, los de la región, los de Estados Unidos y los de potencias como China a nivel geopolítico. Hay motivos para presumir que Washington podría querer intervenir. Para Lula y para la Justicia brasileña es un problema grave, y habrá que seguir de cerca cómo avanza esa investigación.
De acá al balotaje, los dos candidatos tienen que convencer a quienes votaron otras opciones y a quienes no fueron a votar. Pero el desafío más grande es para el presidente. Bolsonaro está contento, eufórico. Lula es el que corre desde atrás, el que tiene que tomar la iniciativa y, en términos futbolísticos, meter un gol de media cancha. Por eso hay tanta expectativa sobre la estrategia con la que va a encarar este tramo de la campaña, y el debate del 23 de octubre podría terminar siendo determinante.

