Una investigación comunitaria sobre muestras de granizo recolectadas en Funes, Santa Fe, abrió interrogantes sobre la composición de las precipitaciones y la necesidad de ampliar los controles ambientales.
El médico epidemiólogo Ramiro Salazar, quien participó de la recolección y del envío del material a los laboratorios, describió los resultados del trabajo y reclamó una vigilancia de la calidad del aire que incluya el estudio de los componentes físicos y químicos del agua que cae del cielo.
El episodio que motivó la investigación ocurrió en abril de 2025. El informe, difundido en 2026, reportó distintos elementos químicos y fibras que sus autores consideraron compatibles con polímeros plásticos, posiblemente poliéster.
Se trata de un estudio inicial, realizado sobre un número reducido de muestras: sus resultados requieren ampliación y no permiten, por sí solos, establecer la procedencia de los componentes ni demostrar efectos sobre la salud de la población.
«Para nosotros fue una sorpresa, la verdad que no pensábamos encontrar lo que encontramos. Tampoco es lo que estuviéramos buscando», expresó el profesional en contacto con Radio Libertad.
Asimismo, explicó que el grupo estaba integrado por personas vinculadas con la salud pública y el ambiente, pero también por productores agropecuarios cuya experiencia cotidiana permitió advertir una situación que decidieron investigar.
«Dentro del grupo también hay productores agropecuarios, gente de campo, que ya tienen una mirada histórica de lo que son los fenómenos meteorológicos en sus tierras, en su trabajo», señaló. Según relató, fueron esas observaciones las que pusieron en marcha la búsqueda de respuestas, antes de que existiera una hipótesis sobre la composición del hielo.
El ORIGEN
Salazar contó que algunos vecinos se sorprendieron por la permanencia del granizo después de la tormenta. «Le llamó poderosamente la atención las piedras que cayeron de nuestro cielo y que no se derretían; había subido la temperatura a 27 grados, había salido el sol», manifestó.
«En base a esa observación, decidimos tomar muestras de ese hielo», agregó. En su relato, indicó que habían transcurrido entre 24 y 48 horas y todavía se observaban restos de las piedras. Esa descripción corresponde a lo advertido por quienes recolectaron el material; el trabajo posterior se concentró en analizar su composición.
El médico precisó que su intervención estuvo relacionada con la organización inicial y el traslado de las muestras. «Yo estuve en la tarea iniciática y de logística, de toma, recolección de muestras, la coordinación de las mismas para envío al laboratorio», explicó. Diferenció así esa participación de la labor de los investigadores responsables del informe.
La iniciativa demandó resolver dificultades económicas y encontrar instituciones que realizaran los análisis. «Primero, que no es fácil encontrar laboratorios que estén dispuestos a hacer el estudio. Averiguamos el costo, que era bastante elevado», recordó.
«Nuestra organización, si se quiere llamar así, es de carácter comunitario, independiente. No tenemos presupuesto ni dinero para realizar análisis y todo eso», sostuvo.
Para avanzar, debieron solicitar presupuestos y buscar colaboración entre integrantes de la comunidad. La participación de vecinos resultó, según su explicación, decisiva para transformar una observación del fenómeno meteorológico en una consulta de laboratorio.
LOS COMPONENTES ENCONTRADOS
En la entrevista, Salazar enumeró diversos elementos reportados en el material analizado, entre ellos calcio, potasio, sodio, aluminio, arsénico, bario, boro, cromo, estroncio, magnesio, plata, silicio y zinc. También mencionó nitratos y la observación de fibras que describió como «tipo poliéster».
Destacó especialmente los resultados correspondientes a potasio, magnesio, calcio y sodio. Sin embargo, la enumeración de sustancias debe diferenciarse de una evaluación de sus efectos: identificar un elemento en una muestra no determina automáticamente un riesgo sanitario, que necesita una valoración específica de las concentraciones y las condiciones de exposición.
El informe fue firmado por Marcela Sangorrín, Lorena Diblasi y Juan José Cinalli. Consignó análisis en Patagonia Instrumental, Greenlab y JLA Argentina SA.
Las observaciones de las fibras llevaron a los autores a plantear su posible correspondencia con poliéster, aunque el propio documento propuso técnicas adicionales para confirmar su naturaleza y caracterizarlas con mayor precisión.
Salazar situó el trabajo dentro de una experiencia acotada. «Es un estudio singular de piedras que encontramos en el camino», señaló.
Asimismo, explicó que el grupo no estaba habituado a realizar investigaciones sobre calidad del aire y volvió a mencionar el costo como uno de los obstáculos para sostener ese tipo de iniciativas.
VIGILANCIA AMBIENTAL
Consultado por las posibles consecuencias para las personas, el epidemiólogo vinculó su preocupación con los distintos recorridos que pueden seguir los componentes ambientales. «Las piedras vienen del cielo, vienen de la atmósfera», expresó, y comparó la muestra recolectada con «un comprimido que cayó del cielo».
Desde esa perspectiva, planteó que estudiar las precipitaciones puede aportar información para investigar el ambiente. «Estos componentes que yo te mencioné podrían tener implicancias para la salud», dijo.
Su planteo estuvo formulado como una preocupación por posibles exposiciones, sin presentar en la entrevista una investigación clínica sobre personas afectadas por el episodio de Funes.
El médico mencionó el contacto del agua con la tierra, los cursos de agua y los alimentos, además de las vías respiratorias y digestivas. Esas referencias expresaron los motivos por los que consideró necesario ampliar la investigación; no equivalen a una comprobación de que las sustancias de las muestras hayan ingresado al organismo de los habitantes ni de que hayan provocado enfermedades.
«Todo esto es para que simplemente la comunidad tome un poco más de conciencia de esta cuestión», manifestó. Propuso impulsar investigaciones y formular demandas a las autoridades para que exista «mayor control de la calidad de aire que respiramos».
También relacionó el interés de los productores con los daños económicos de las tormentas.
Por otro lado, mencionó las pérdidas que puede provocar el granizo sobre los brotes y las roturas de silobolsas, como parte de las preocupaciones que acompañan a quienes trabajan en el campo. Esa dimensión productiva fue uno de los motivos por los que el grupo decidió prestar atención al fenómeno.
PARTICIPACIÓN DE
LA COMUNIDAD
Ante la posibilidad de realizar experiencias similares en otros lugares, Salazar defendió la organización comunitaria. «Este trabajo que hicimos nosotros lo podría haber hecho cualquier comunidad, si se organiza lo puede hacer», afirmó. Señaló que las muestras procedían del ámbito público y que los vecinos podían interesarse en conocer su composición.
La propuesta se orientó a promover una mayor participación en los asuntos ambientales y a reclamar respuestas institucionales. El profesional consideró que el interés por las precipitaciones debería extenderse más allá de los pronósticos y de la cantidad de lluvia esperada.
«Debería existir una vigilancia de la calidad del aire en la Argentina con informes regulares», expresó. En el cierre de sus declaraciones, pidió que también se investigaran «los componentes físicos y químicos del material que cae desde nuestros cielos».
El reclamo resume el objetivo que atribuyó a la experiencia: abrir una línea de seguimiento que permita obtener más información y contrastar los resultados iniciales.
Qué afirma el estudio
y qué falta investigar
El informe sobre el granizo de Funes se presentó como una investigación inicial y exploratoria, con pocas muestras.
Sus observaciones describieron fibras de aproximadamente 0,5 micrones de diámetro y entre 12 y 20 micrones de longitud. Los autores señalaron que podrían corresponder a poliéster y propusieron análisis complementarios, como espectroscopia Raman o infrarroja, para confirmar la naturaleza del material.
Ese alcance exige distinguir entre la identificación de componentes y las explicaciones sobre su origen.
El hallazgo descrito no demuestra por sí mismo una intervención deliberada sobre el clima ni establece qué actividad produjo las partículas. Son preguntas que requieren estudios específicos y comparaciones adicionales.
En el plano sanitario, la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó en 2022 una revisión sobre la exposición a microplásticos por alimentos, agua y aire. El organismo identificó necesidades de investigación para resolver incertidumbres sobre sus posibles efectos.

