Una economía desequilibrada genera desequilibrios sociales que atentan contra el bienestar de la población en su conjunto. Semejante afirmación no es un descubrimiento reciente de las ciencias sociales. Es un principio básico aceptado por todo el mundo hace tiempo, aunque la Argentina se resista a admitirlo. Por eso, la inflación ha dejado de ser un problema en el mundo hace décadas, pero nuestro país sigue sumido en el círculo vicioso de una inflación crónica que mina el poder adquisitivo de la población.
Un poco de inflación no es malo si estimula el consumo y mueve internamente la economía, declamaron varios gobiernos y numerosos candidatos a los más diversos puestos de gestión. Algunos, incluso, intentaron demostrar que durante su administración los salarios le habían ganado a la inflación.
Las dos afirmaciones, aplicadas a la última década, son falsas. Recientes estudios muestran la caída del poder adquisitivo entre abril de 2011 y abril de 2021. Como midieron la evolución de tan sólo 19 productos de la canasta básica alimentaria -entre otros, aceite, arroz, algunos cortes de carne y algunas verduras, leche, pan, queso-, no puede decirse que hayan comparado el curso del salario contra el índice de precios al consumidor, cuyo cálculo es más complejo. Pero, de todos modos, el resultado es ilustrativo.
En 10 años, estos alimentos «esenciales» aumentaron, en promedio, un 2.413%, con picos de un 3.100% para la carne y la yerba mate.
El salario mínimo, vital y móvil, en cambio, solo aumentó en el mismo período un 1.074%: pasó de $1.840 a $21.601. A la jubilación mínima, le fue algo mejor: subió un 1.575%, de $1.227,78 a $20.571.
Si se quiere entender el descenso del consumo, aquí hay un elemento clave: para igualar el aumento promedio de los alimentos, el sueldo mínimo debería crecer más del doble y superar los $46 mil. Como la plata que falta no es poca, cada quien modificó sus compras para ajustarse a la realidad.
Ahora bien, un segmento de la población tiene un sueldo por encima del mínimo. Una forma de medir el deterioro de su poder adquisitivo es comparar la evolución del costo del metro cuadrado de construcción con los aumentos salariales. El sueño de la casa propia identifica a nuestra clase media.
Con datos oficiales, que miden el costo de una vivienda social, que está por debajo del valor de mercado, en febrero de 2017 se necesitaban 58 sueldos para construir una vivienda de 100 metros cuadrados, y en febrero de 2021 hacían falta 73 sueldos. En cuatro años, la brecha creció casi un 30%.
En la Argentina, la inflación empobrece a una población que trabaja, al mismo tiempo que reduce la posibilidad de dinamizar la economía y crear nuevos puestos de trabajo. Urge un acuerdo político, económico y social, para revertir la situación.
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