El gobierno nacional puso en marcha una serie de restricciones a la circulación y a determinadas actividades económicas, como así también para las reuniones en las casas de familia y en lugares públicos.
En líneas generales, las medidas se aplican también en los 24 distritos del país, pero con mayor énfasis en el conurbano bonaerense, luego de que el país rompiera el récord de contagios en días sucesivos.
El presidente Alberto Fernández y las autoridades sanitarias nacionales y de la provincia de Buenos Aires hicieron hincapié en la necesidad de tales restricciones para evitar que «el tsunami» que se registra en el territorio bonaerense, como lo definió el gobernador Axel Kicillof, impacte en la salud de millones de argentinos.
Si bien este argumento puede ser atendible, es cuestionable, no obstante, que el cordón sanitario que necesitan importantes zonas de Buenos Aires termine por imponer la emergencia a todo el país, incluso en áreas que mostraron un escaso número de contagios y de muertes derivadas del Covid-19.
Uno de los principales defectos de la actual política sanitaria, que el jefe del Estado no reconoció en su mensaje del miércoles último, es el desorden en el programa de vacunación que -según sus propias palabras-debía haber alcanzado a 10 millones de argentinos a fines de 2020.
La campaña de inoculación no se organizó en forma eficiente, además de haber sido adulterado el esquema que planteó el Ministerio de Salud y que le costó la renuncia a su entonces titular Ginés González García, tras habilitar un «vacunatorio VIP» en salas contiguas a su despacho.
Aún es prematuro para saber el grado de impacto que tendrán las nuevas restricciones sobre el conjunto del tejido social y en los sectores económicos, luego de que la industria y la construcción mostraran una leve recuperación en los últimos meses. Las comparaciones interanuales de esos sectores se efectúan contra meses en los que primó la inactividad, o bien aún se percibían los efectos de la recesión que se extendió durante los últimos 18 meses de la gestión de Mauricio Macri.
Los sectores de servicios, como bares, restaurantes y salones de fiestas, así como actividades vinculadas con el esparcimiento, serán sin dudas los más golpeados.
Pero el daño económico puede no alcanzar sólo a esos grupos. Las bajas registradas en las cotizaciones de las empresas vinculadas con la construcción, la siderurgia y los combustibles pueden anticipar que el impacto se sentirá -más temprano que tarde- en otros rubros.
El Presidente debe escuchar y aceptar las opiniones disidentes y en la búsqueda de una verdadera unidad, no sólo declamada en sus mensajes televisivos, convocar a los partidos y a las organizaciones sectoriales para encontrar la mejor salida a la segunda ola de coronavirus que enfrenta la Argentina.
Es tiempo de gobernar y de trabajar sin mezquindades, no en la búsqueda del rédito político inmediato o empresarial de corto plazo. Están en juego la vida y la supervivencia económica de millones de argentinos.
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