Por Facundo Sagardoy
Para LA VOZ DEL CHACO
En el corazón de la Manzana Jesuítica de Córdoba, donde los muros conservan más de tres siglos de historia y la memoria parece habitar cada galería, desarrolla su misión el padre Miguel Humberto González.
Nacido en Itatí, sacerdote jesuita y actual custodio de la Iglesia de la Compañía de Jesús -también conocida como Iglesia de San Ignacio-, vive y trabaja en uno de los espacios más significativos del patrimonio religioso argentino. Consagrado en 1671, el templo es considerado el más antiguo del país que permanece en pie y constituye una referencia ineludible de la presencia jesuítica en América del Sur.
Hasta allí llegó LA VOZ DEL CHACO para dialogar con un correntino cuya historia personal está atravesada por la fe, la cultura y el servicio.
Durante la entrevista, González recordó que su vocación comenzó a tomar forma mientras estudiaba Derecho en la ciudad de Corrientes. El contacto con los jesuitas le abrió una nueva manera de comprender el compromiso cristiano y dio inicio a un camino de discernimiento que lo llevó a ingresar a la Compañía de Jesús.
Su formación transcurrió entre San Miguel y el Paraguay, hasta su ordenación sacerdotal, etapa a partir de la cual orientó su vida al acompañamiento de los más vulnerables y a la misión pastoral en distintos ámbitos.
Hoy reside en la histórica casa jesuita de Córdoba, considerada por numerosos especialistas como la vivienda habitada más antigua de la Argentina. Allí conviven la vida cotidiana, la espiritualidad y una herencia que atraviesa generaciones. Entre sus paredes dejaron su huella figuras como el Cura Brochero, Mamá Antula y Jorge Mario Bergoglio, quien habitó el lugar durante los dos años previos a su consagración episcopal. Para González, el valor de este espacio no radica únicamente en su riqueza arquitectónica o documental, sino en su capacidad de seguir siendo un centro vivo de formación, encuentro, misión y servicio.
En ese contexto evocó una historia que une a Córdoba, Roma e Itatí a través de un gesto de profunda carga simbólica. El sacerdote relató cómo, mediante una gestión realizada con el padre José Luis Narvaja, sobrino del papa Francisco, consiguió que el pontífice enviara un solideo destinado a la Virgen de Itatí.
La pieza fue entregada junto a una dedicatoria escrita de puño y letra por Francisco: «Para Nuestra Señora de Itatí». Según recordó González, el Papa conservó en su memoria aquel pedido durante seis meses y, al momento de despedir a Narvaja antes de su regreso a la Argentina, se aseguró personalmente de concretarlo.
Ese solideo permanece hoy bajo custodia en Itatí, a la espera de que las autoridades eclesiásticas determinen el momento oportuno para su entrega formal al santuario. Para los fieles, se trata de un objeto de especial significación espiritual; para González, además, representa una nueva expresión del afecto que Francisco manifestó a lo largo de los años hacia Corrientes, su devoción mariana y la tierra que vio nacer a millones de peregrinos que cada año renuevan su encuentro con la Virgen.
-Padre Miguel Humberto González en uno de los templos más importantes de Córdoba, del país y, el mundo, con espacios patrimoniales hermosísimos, mucha historia de la Iglesia Católica, de la evangelización. Un espacio santo, santificado por la presencia de figuras iónicas de la Iglesia, entre ellas, la de alguien muy querido tanto en la Argentina como en el mundo: el Papa Francisco. Padre Humberto, un correntino en Córdoba, dedicado al patrimonio, a la historia y a la religión. ¿Cómo llegó hasta el día de hoy? ¿Cómo empezaron estos pasos, padre, a través de la fe?
-Primero, gracias por la visita. Yo soy jesuita, soy sacerdote jesuita, por eso estoy en esta casa, que es una casa jesuita. En realidad, no soy tan patrimonialista ni historiador; eso se lo dejo a mi hermano mayor, Fernando.
Pero, bueno, como parte de este legado, hay algo que a mí me identificó siempre con la vocación a la Compañía de Jesús, que es, por un lado, las misiones y, desde ahí, todo lo que sea trabajar en la construcción de esa Tierra Sin Mal, que era un mito guaraní que después toman los misioneros jesuitas para transformarlo en una realidad.
Y, bueno, desde ahí también está esta escenografía, este escenario histórico donde hoy me toca vivir, que es un compromiso con la memoria, que nos ayuda también a asumir los desafíos del presente, con creatividad y tratando de seguir una huella frente a la cual uno se siente minúsculo, frente a tanta cosa.
-En Corrientes y en el corazón de Corrientes, en torno a las expresiones culturales más tradicionales, existe esta frase: «Correntinos, custodios de la esencia». Bueno, custodio del Espíritu Santo, a través de estos pasos de fe. ¿Cuándo sintió el llamado de Dios y cómo fue su camino hasta acá?
-Yo nací en Itatí y siempre digo que mi fe fue amamantada por peregrinos y promeseros que vi a lo largo de toda mi niñez; también, por supuesto, por mi familia, por el testimonio de mis abuelos y mis padres. Ver eso fue seguramente marcando, aunque yo no me daba cuenta.
Yo fui un católico de misa, a lo sumo dominical, hasta los 18 o 19 años, cuando voy a Corrientes a estudiar la carrera de Derecho. Ahí tomo contacto con los jesuitas de Corrientes, de casualidad, porque estaban cerca del departamento donde vivía. Me acerco y encuentro una manera de vivir la fe con otro compromiso.
Ahí se empieza a mover un poco el deseo de la vocación religiosa, que termina finalmente en un discernimiento para esto, para vivir la vida como jesuita.
Ahí comienza un poco mi llamado, que después sigue con mi entrada a la orden, en el noviciado en San Miguel, provincia de Buenos Aires. Eso me lleva después a Paraguay unos años y otros años también de vuelta en Argentina, en San Miguel, hasta que finalmente me ordeno sacerdote.
Siempre con este llamado al servicio, a los guaraníes de hoy, en definitiva, que son los que están más excluidos, los más pobres, los más necesitados, los que no tienen voz muchas veces o los que a veces no tienen el oído de una sociedad que los escuche y tienen mucho para decirnos.
Así que también, dentro de mi vocación religiosa, después se despierta el cariño y el afecto por la cultura, sobre todo por lo nuestro, por lo correntino, que es el chamamé. Esa fue una experiencia fuerte en Buenos Aires: descubrir muchos litoraleños que, después de muchos años sin poder volver a su tierra, se conectaban a través de la música.
Eso me permite también, a través de los medios de comunicación, contactarme e ir descubriendo nuevas formas de decir y de transmitir la fe a través de la cultura. Con un desafío también propio de este mundo de hoy, que a muchos les puede sonar molesto, pero para mí es un gran compromiso: poder vivir la misión hablando de Dios muchas veces sin nombrar la palabra Dios, conectando muchas veces con las vivencias más profundas de la persona.
En este momento, acá en Córdoba, estoy haciendo un programa radial que se llama Reso Baile, donde siempre aclaro que, a pesar del nombre y a pesar de estar conducido por un cura, no es un espacio religioso, sino un espacio cultural donde nos encontramos desde nuestros sentimientos, precisamente desde el chamamé.
La misión como servicio y memoria viva
-Padre, se encuentra en un lugar que es fundamental para la historia de Córdoba. Como usted decía, fundamental para las bases que dieron inicio a la civilización tal cual la conocemos hoy, sobre los pilares de la fe en Cristo dentro de esta parte de América. ¿Qué siente usted, como correntino, como hombre de fe, con esta vocación también vinculada a la comunicación, al estar en este lugar? ¿Y cuáles son los espacios que atesora este sitio? Entre ellos, una habitación que habitó el propio papa Francisco.
-Yendo a lo doméstico, varios especialistas e historiadores afirman que esta es la casa habitada más antigua de Argentina. O sea, hay museos y otras edificaciones más antiguas que esta, pero esta es la que hoy está habitada. Acá vivimos una comunidad de nueve integrantes y creo que, en este momento, no hay otra casa en la Argentina -e incluso hablo de casas religiosas- ni ninguna edificación de tantos años que actualmente esté habitada. Eso ya de por sí compromete.
Lo otro es que aquí está la huella de nuestros mayores, como digo, y además tiene la huella de otros que han pasado, otros hombres santos. Aquí estuvo el Cura Brochero, pasó Mamá Antula, y han ido pasando distintos hombres y mujeres a lo largo de la historia.
Actualmente, está marcada por el sello del papa Francisco, porque aquí Jorge Bergoglio vivió dos años, los dos años previos a su ordenación, a su consagración episcopal.
Y esta casa transmite, además de historia y arte, algo esencial para los jesuitas, que es la comunicación. Comunica todo el tiempo. Nos está contando una historia, nos está contando el paso del tiempo y también los vestigios de los distintos momentos y aconteceres de la historia que ocurrieron aquí, en esta manzana.
Nosotros ocupamos una parte de la Manzana Jesuítica y, como digo, es por un lado un compromiso; por otro lado, también una transmisión; y, al mismo tiempo, un impulso para la misión. Es esencial no quedarse solamente en el recuerdo histórico, sino buscar allí también las simientes o el impulso para la misión que hoy nos compromete.
La casa donde la huella de Francisco perdura
-Padre, quisiera también poder llevarme conmigo una anécdota que señala el afecto, el compromiso y la distinción del Papa Francisco hacia la fe mariana, en un objeto puntual que ha quedado como prueba de este sentimiento profundo, mediado por el espíritu, para Corrientes y para su templo mayor. ¿Cómo fue esa anécdota? ¿Y cómo vivió aquel momento? ¿Cómo lo está viviendo hoy?
-A nivel personal, antes de entrar de lleno en el relato, yo sé que Corrientes siempre tuvo un lugar especial en el corazón del papa Francisco.
Principalmente, entre los anecdotarios, está que cuando aquel joven Jorge Bergoglio, siendo novio, va a un paseo de primavera y entra a confesarse en el Santuario de San José de Flores, en la Basílica San José de Flores, se confiesa con un cura correntino, un sacerdote correntino, lo cuenta él, que estaba casualmente allí hospedado, reponiéndose de su salud. Y él lo va a recordar.
Esa es prácticamente la confesión que cambia su vida, donde él toma la decisión de ser sacerdote. Así que yo diría que Corrientes, junto con el Paraguay, ocuparon lugares muy especiales en su corazón.
Después sé que, cuando en 2004 va al Congreso Eucarístico Nacional en Corrientes, muy al estilo Bergoglio, va en silencio y sin cámaras a Itatí a visitar a la virgen. Allí celebra la Eucaristía.
Y con esos antecedentes, también hay algo que para muchos es controvertido, pero para mí es un signo de devoción. Cuando le preguntaron desde la diócesis de Goya qué hacer con la devoción al Gaucho Gil, él dijo: «Atiendan y acompañen a ese pueblo creyente que va ahí». Y promovió también la novena del padre Julián Zini, que es un diálogo, diríamos, entre la fe oficial y la fe popular, tratando de integrar.
Bueno, con todos esos antecedentes, había una cosa que a mí me llamaba la atención. Aquí, en muchos lugares santos y muchos santuarios de nuestro país, estaba o está el solideo del papa Francisco, el pequeño sombrero blanco que lleva el Papa y que los otros obispos suelen tener de otros colores.
Esto era algo muy característico. Además, uno recuerda que cuando comenzó el pontificado de Francisco era muy común que la gente llevara un solideo comprado en una casa religiosa y se lo pasara al Papa. El Papa se sacaba el que tenía puesto y hacían un intercambio.
A raíz de eso, también, todo aquel que visitaba al papa Francisco, ya fueran obispos o sacerdotes vinculados con algún lugar de peregrinación, tenía la costumbre de pedirle el solideo como un pequeño signo de comunión.
Yo veía eso y, al mismo tiempo, notaba con tristeza que en Itatí no estaba el solideo de Francisco; faltaba ese solideo.
Entonces, aquí, aprovechando la convivencia con José Luis Narvaja, su sobrino, una vez, a raíz de un trabajo que hicimos juntos, él me dice: «Bueno, ¿cómo te voy a pagar tu participación?». Y yo le dije que le iba a salir un poco caro, pero que le pedía que solicitara a su tío un solideo para Itatí.
Ahí él me cuenta: «Mirá, Jorge ya no da más solideos». Me explicó que muchos argentinos, en lugar de llevar un solideo auténtico para intercambiar, confeccionaban uno de manera improvisada. El solideo tiene una medida especial y entra casi a presión en la cabeza para que no se caiga. «Le daban solideos truchos», me dijo. Entonces dejó de hacer el intercambio. Pero agregó: «Igualmente le voy a preguntar».
Él viajaba a Roma dos o tres días después y, a los pocos días, me escribe desde allí y me dice: «Jorge dice que cuentes con el solideo para Itatí».
Ahí tenía que esperar seis meses para que eso se concretara.
Me alegró muchísimo, pero no quise dejarme ganar por la ansiedad. A los seis meses vuelve José Luis de Roma y me trae el solideo. Me entrega un sobre y me dice: «Esto manda Jorge para Itatí».
Y entonces me cuenta: «Mirá, ¿vos sabés que yo me olvidé? Yo se lo había pedido, pasaron seis meses y cuando me fui a despedir de él para volver a la Argentina, estábamos terminando de hablar y me dice: «El solideo para la Virgen de Itatí»». Francisco se había acordado.
Entonces fue a un lugar, sacó el solideo y, de puño y letra, escribió: «Para Nuestra Señora de Itatí. Francisco». Y me lo envió.
Así que hoy está ahí. Hubo distintas dificultades y todavía no se pudo hacer la entrega.
Está en custodia en la casa de mi familia, en Itatí, esperando que las autoridades de la Iglesia de Corrientes dispongan algún día y alguna fecha oportuna para entregarlo.
Y que sea, sobre todo, una entrega peregrina; que no sea una gestión del padre González ni de nadie, sino simplemente poder ser un medio para que llegue ese presente que hoy es casi una reliquia, para que pueda ser exhibido allí, sobre todo para los peregrinos que van a Itatí y que sientan también ese mismo cariño que el papa Francisco sentía por la virgen de Itatí.
Tradición, apertura y diálogo para el futuro
-¿Cómo es el servicio en la orden de los jesuitas el día de hoy? Es una orden que, como le decía, es fundamental para la historia de la Iglesia Católica, principalmente en esta parte del mundo. Pero estamos en el siglo XXI y los desafíos son contemporáneos. ¿Cómo vive la orden hoy?
-En principio, fundamentalmente con un contexto de misión. Nosotros, principalmente, somos misioneros, enviados por el Papa y, desde el Papa, por la Iglesia.
Desde esta casa, por ejemplo, viven profesores y autoridades de la Universidad Católica de Córdoba, que es la única universidad jesuita que tenemos en el país. Aquí se atiende también la iglesia, donde pasa mucha gente y donde hay una gran variedad de personas, porque a esta iglesia histórica asisten los vecinos, pero también muchos turistas. Entonces, existe una pastoral turística de atención y cercanía, sobre todo a través del sacramento de la reconciliación.
Después, cada uno de nosotros tiene otras tareas. Yo, por ejemplo, formo parte de lo que se llama el equipo misionero itinerante, que consiste en ayudar en distintos lugares donde muchas veces la Iglesia siente necesidad.
Por ejemplo, desde esta casa salgo cada quince días a San Francisco del Chañar, una localidad que está a unos 200 kilómetros de aquí y que no tiene párroco. Yo no soy el párroco, pero voy con otro diácono a atender esa comunidad. Y eso se puede hacer gracias a que esta comunidad también puede cubrirme en otras actividades.
Desde esta casa se atienden además dos parroquias que están en las periferias de la ciudad de Córdoba. Una de ellas es Santa Teresa, ubicada en un barrio bastante conflictuado, y allí van tres jesuitas semanalmente para atender las distintas necesidades que se presentan.
Desde esta casa también se atiende la parte pastoral de la Clínica Universitaria Reina Fabiola. Y después están los distintos servicios que se van dando y apareciendo. Aquí enfrente está el Centro Manresa, que es un centro de promoción vocacional y juvenil, cuyo director también vive en esta casa.
Al mismo tiempo, esta casa es muchas veces hospedaje para jesuitas y también para otras autoridades de la Iglesia que vienen a rezar, a realizar algún retiro o que están de paso por Córdoba.
En esta casa vivió hasta hace muy poco el actual arzobispo de Córdoba, el cardenal Ángel Rossi, quien se fue porque las circunstancias se lo aconsejaban, aunque hubiese querido quedarse aquí. De vez en cuando viene a compartir con nosotros. Así que es la misión en lo pequeño y en lo grande. También contaba recién que aquí vive, por ejemplo, el padre José Luis Narvaja, sobrino del padre Bergoglio. Él da clases un semestre en la Universidad Gregoriana, en Roma, y otro semestre aquí, en la Universidad Católica de Córdoba, y pertenece a esta casa. Podríamos decir que en esta comunidad se vive la misión desde lo local hasta lo universal, con mucho afecto, mucha cercanía y también mucho compromiso.
Los desafíos de la Iglesia en la era tecnológica
-Padre, una pregunta más, que ya tiene que ver con los cambios que atraviesa la Iglesia. Está el papa León. Ya existe un documento muy importante del Papa León. La presencia de Francisco se mantiene inalterada, su huella es imborrable y todo lo que ha dejado ha sido más que significativo. ¿Qué desafíos enfrenta la Iglesia Católica? También en comunión con los distintos credos, hacia este tiempo contemporáneo de tecnología, de búsqueda en el espacio, pero también, como propone la Iglesia, de comunión entre los seres humanos y con la tierra misma.
-Siguiendo esta última encíclica del papa León, que comienza diciendo «Magnífica humanidad», y que es sobre todo un llamado, no en contra de la inteligencia artificial, sino a conservar y defender la dignidad humana para que la tecnología nunca se ponga por encima ni reemplace la dignidad humana, vemos que al mismo tiempo se conecta con la «Rerum Novarum» de León XIII, que también era una advertencia frente a los efectos de la Revolución Industrial.
Nunca va en contra del progreso; al contrario, es una llamada para que, en pos del progreso, no nos dejemos engañar. Yo creo que ese es el primer desafío: defender la humanidad en todo sentido. Desde la situación de guerra que vivimos actualmente a nivel mundial, y que Francisco definía como una tercera guerra mundial en etapas, hasta esta cuestión de la dignidad humana que pasa justamente por nuestra relación con la tecnología.
Y, por otro lado, una conversión hacia adentro. Es curioso, pero los críticos más feroces que tuvo Francisco y los que está teniendo León en este momento no vienen de afuera, sino de adentro de la Iglesia. La resistencia es un poco farisaica, porque es la resistencia a defender una tradición que simplemente se refiere a una cantidad de siglos, pero que no necesariamente es la tradición de los inicios del cristianismo.
Muchas veces, en nombre de la tradición, se atenta contra el diálogo interreligioso; en nombre de la tradición, se atenta contra todo lo que sea la comunicación de la fe para todos en un mundo globalizado. Y muchas veces, por estos sectores un poco conservadores, la Iglesia encuentra empantanado su camino de apertura hacia los demás. Creo que la Iglesia que nos dejó Francisco ya es una Iglesia inspirada por el Espíritu, por lo tanto es imborrable. Y lo que León continúa va también en esa misma línea.
Será muy difícil hacer un camino inverso. Pero sí es necesario un camino de conversión interior, que no es convencimiento, sino darse cuenta de que los desafíos de hoy nos llaman a una apertura.
Y esa apertura es diálogo. Y en el diálogo, aceptar las diferencias como un enriquecimiento y no como un obstáculo.
-Muchas gracias, padre.
-No, al contrario. Gracias por la visita.

