El arzobispo de Buenos Aires, Jorge Ignacio García Cuerva, convalidó ayer la exclusión de la vicepresidenta de la Nación, Victoria Villarruel, de la primera fila del tradicional Tedeum en la Catedral Metropolitana, una decisión protocolar dispuesta por la Secretaría General de la Presidencia, que encabeza Karina Milei.
El gesto del primado de la Iglesia argentina, quien optó por ceder ante las directivas de la Casa Rosada para evitar una confrontación directa durante la celebración patria, generó de inmediato una profunda controversia dentro y fuera de la institución eclesiástica, relegando a un segundo plano el contenido estrictamente pastoral de su homilía.
La determinación de acatar el nuevo ordenamiento de las sillas, que marginó a la titular del Senado del centro de la escena, abrió una intensa interna en la propia estructura de la Iglesia y reavivó el debate en la opinión pública respecto de los límites del protocolo oficial en los actos religiosos.
Sectores de la feligresía y referentes políticos manifestaron opiniones divididas ante lo que consideraron una fuerte concesión de las autoridades eclesiásticas frente al Poder Ejecutivo, en una jornada donde la tensión política terminó por ensombrecer el mensaje de unidad.
Con este escenario, el Tedeum volvió a transformarse en el reflejo de las divisiones que atraviesan a la República.
Analistas y memoriosos recordaron que, incluso en los momentos de mayor tensión institucional durante el kirchnerismo, ni Néstor ni Cristina Kirchner habían modificado de tal manera el esquema de autoridades presentes, lo que resalta la singularidad del quiebre protocolar ocurrido en la víspera en la Capital Federal.

