La pobreza continúa afectando con particular intensidad a las infancias argentinas y presenta una de sus expresiones más preocupantes en el Nordeste. En 2026, la indigencia entre niños, niñas y adolescentes (NNyA) residentes en el NEA alcanzó el 19,3%, más del doble del promedio nacional del 9,5%, según un nuevo informe elaborado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina (Odsa) de la Universidad Católica Argentina (UCA).
El estudio, difundido en el marco del Día del Niño, analiza la evolución de la pobreza infantil entre 2018 y 2026 y advierte que el territorio, la situación laboral de los adultos y la composición de las familias continúan determinando profundas desigualdades.
El perfil de mayor riesgo combina baja calidad del empleo del adulto responsable, hogares monomarentales y residencia en las regiones del Norte Argentino. En particular, el NEA mostró hacia 2026 un deterioro mayor que el resto de las regiones.
A nivel nacional, el 42,5% de los niños, niñas y adolescentes permanece por debajo de la línea de pobreza, mientras que el 9,5% se encuentra en situación de indigencia. Los indicadores representan una mejora considerable frente al momento más crítico registrado en 2024, aunque mantienen a las infancias como el sector etario más afectado.
Precisamente, la pobreza infantil alcanzó en 2024 el máximo de toda la serie analizada, con un 70,4%. Desde entonces inició una tendencia descendente hasta ubicarse en el actual 42,5%. La indigencia siguió una trayectoria similar: llegó al 30,6% en 2024 y descendió al 10,8% en 2025 y al 9,5% durante el primer trimestre de este año. A pesar de esa recuperación, ambos indicadores continúan por encima de los correspondientes a la población adulta: en 2026 la pobreza entre adultos fue del 25,3% y la indigencia, del 5,3%.
Las investigadoras Valentina González Sisto e Ianina Tuñón, autoras del trabajo, describieron esta persistencia como un proceso de «infantilización de la pobreza»: durante todos los años analizados, los hogares con niños, niñas y adolescentes registraron mayores niveles de pobreza que aquellos integrados únicamente por adultos.
Un piso contra
la indigencia
Uno de los principales objetivos del estudio fue determinar cuánto inciden las transferencias monetarias en esos indicadores.
Para hacerlo, las investigadoras realizaron un ejercicio contrafáctico: descontaron del ingreso familiar los montos correspondientes a la Asignación Universal por Hijo (AUH), otros programas estatales y ayudas provenientes de iglesias u organizaciones sociales, y volvieron a calcular los niveles de pobreza e indigencia.
El resultado muestra que las transferencias tienen una capacidad especialmente importante para evitar que las familias con niños caigan en la indigencia, pero un efecto bastante menor cuando se trata de superar la pobreza.
Sin esos programas, la indigencia infantil nacional no sería del actual 9,5%, sino que alcanzaría el 16,4%. Es decir, prácticamente se duplicaría. En cambio, la pobreza pasaría del 42,5% al 47,8%, una diferencia de poco más de cinco puntos porcentuales.
«La AUH y la Tarjeta Alimentar son un piso, pero no un techo», sintetiza el documento. La conclusión es que estos instrumentos consiguen proteger especialmente frente a las situaciones de privación alimentaria más severas, aunque los montos no resultan suficientes para que buena parte de las familias supere la Canasta Básica Total (CBT).
Dentro del conjunto de transferencias, además, el peso de la AUH y la Tarjeta Alimentar resulta ampliamente predominante. En 2025 y 2026 explicaron más del 90% de la reducción estimada de la pobreza infantil y alrededor del 97% al 98% del efecto sobre la indigencia, muy por encima del impacto de otras ayudas públicas o provenientes de organizaciones sociales.
La capacidad protectora de ambos instrumentos depende, sin embargo, de su poder adquisitivo. El informe muestra fuertes oscilaciones durante los últimos años. En el peor momento de la crisis, las transferencias llegaron a cubrir solamente entre el 12% y el 38% de la Canasta Básica Alimentaria (CBA), según la composición del hogar.
Durante 2025 recuperaron capacidad de compra y alcanzaron entre el 44% y el 69%, para volver a retroceder este año hasta una cobertura de entre el 39% y el 62%.
De esta manera, la fuerte reducción de la indigencia observada después del pico de 2024 aparece asociada tanto a la recuperación del valor real de las transferencias como a un escenario de precios menos adverso.
Pobres, lejos de dejar de serlo
La disminución de la cantidad de niños y adolescentes pobres entre 2024 y 2026 tampoco significa necesariamente que haya mejorado en igual proporción la situación de quienes permanecen bajo la línea.
El informe analiza para ello la denominada «brecha de pobreza», que mide qué distancia existe entre los ingresos efectivos de los hogares pobres y el monto necesario para alcanzar la CBT.
Los datos que no aparecen
El trabajo de la UCA propone además ampliar la mirada más allá de la medición monetaria. Para ello incorporó datos de la Encuesta de la Deuda Social Argentina de 2025 y evaluó cuatro dimensiones concretas de la vida cotidiana de niños y adolescentes: acceso a vestimenta, aprendizaje escolar, vínculos sociales y malestar emocional.
Los resultados muestran que el 37,5% de los niños y adolescentes tuvo dificultades durante los últimos doce meses para comprar ropa o calzado por razones económicas.
La desigualdad es particularmente marcada: el problema alcanza al 58,3% de quienes pertenecen al estrato socioeconómico muy bajo, frente al 17,8% entre los sectores medio-altos.
Las dificultades educativas tienen una magnitud semejante. El 36,8% de los niños y adolescentes escolarizados presenta problemas de aprendizaje. La proporción asciende al 43,9% en el estrato socioeconómico bajo, mientras que entre los sectores medio-altos es del 27,5%.
El fenómeno se intensifica entre los adolescentes: afecta al 40,1% de quienes tienen entre 13 y 17 años. A ello se agregan las dificultades para establecer vínculos con pares: el informe estima que alrededor de tres de cada diez niños y adolescentes tienen pocos amigos o problemas para hacerlos.
Finalmente aparece una dimensión que no suele formar parte de las mediciones tradicionales de pobreza: el bienestar emocional. El 18,1% de los niños y adolescentes de entre 5 y 17 años presenta síntomas de tristeza o ansiedad que afectan su vida cotidiana o su desempeño escolar.
El porcentaje aumenta hasta el 22,9% entre quienes pertenecen a hogares de nivel socioeconómico bajo. Los resultados muestran así que una mejora del ingreso familiar no necesariamente elimina otras privaciones acumuladas. Poder alimentarse, disponer de ropa adecuada, aprender en la escuela, construir vínculos y atravesar la infancia sin malestar emocional persistente forman parte de dimensiones diferentes de un mismo problema.
El empleo marca la diferencia
La investigación también buscó identificar qué características aumentan la probabilidad de que un niño sea pobre. Entre las variables consideradas -territorio, composición familiar y situación ocupacional- la calidad del empleo del adulto responsable aparece como el factor que produce las mayores desigualdades.
Los niños que viven en hogares cuyo jefe o jefa no tiene empleo o se desempeña en actividades informales presentan durante toda la serie las tasas más elevadas de pobreza e indigencia.
En el extremo opuesto se encuentran los hogares donde el principal sostén posee un empleo asalariado formal en establecimientos de mayor tamaño.
En 2026, la diferencia en indigencia entre un hogar encabezado por un asalariado formal y otro cuyo jefe se encuentra desocupado supera los 50 puntos porcentuales, según el Odsa.
La composición familiar constituye otra variable importante. Los hogares monomarentales -aquellos en los que la madre está a cargo sin la presencia de una pareja conviviente- presentan sistemáticamente mayores niveles de pobreza e indigencia.
La combinación de empleo precario, un único adulto responsable y residencia en las regiones del norte configura así el escenario de mayor vulnerabilidad identificado por el estudio.
La situación del NEA adquiere especial relevancia dentro de este análisis. Mientras que al comienzo de la serie, en 2018, las diferencias entre regiones eran más reducidas, hacia 2026 el Nordeste registra un 19,3% de indigencia infantil, porcentaje que se ubica ampliamente por encima del resto del país.

