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    Portada » Refugios antiaéreos

    Refugios antiaéreos

    27 de abril de 2021
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    «Duerme con nosotros… muy mal; se despierta enojado». «Había comenzado a hablar, pero ¿ahora? ni una palabra. «Solo acepta leche… ¡no prueba ni la carne!». «Vive pegado a la mamá; si ella se aleja, arma un escándalo». «Había dejado los pañales, pero volvió a hacerse encima». «El colmo: usa el chupete de su hermana».
    Los relatos se repiten sin pausas. En particular en menores de 7 u 8 años, las consultas por cambios de comportamiento superan a las que se realizan por enfermedades del otoño. Padres y madres reconocen que la cuarentena estricta fue demoledora, pero les cuesta lidiar con estas inesperadas inmadureces.
    Lo común en todos es el temor y el desasosiego, aunque diferentes a los que sienten muchos chicos en condiciones normales. Parecen haber perdido un orden vital en el que sostenerse y seguir creciendo.
    En su libro Ay, mis ancentros, la psicóloga Anne Ancelin Schützenberger describe conductas similares en menores encerrados por largo tiempo durante conflictos bélicos.
    La autora vincula los síntomas con las condiciones de vida en refugios antiaéreos. Al permanecer durante días e incluso meses en espacios reducidos y oscuros, con alimentos racionados e insuficientes, con largas horas de inactividad, la consecuencia inevitable era una grave alteración de los ciclos de sueño y vigilia. Afuera, las bombas. Adentro, la incertidumbre por cuándo dejarían de caer.
    Cuando cesaba la amenaza y era posible salir del refugio, todos mostraban cambios. Los rostros y los movimientos denotaban un cansancio amargo y silencioso. La luz natural los confundía y, asustados, se aferraban a sus mayores sin aceptar otros contactos. A pesar del hambre sufrido, muchos se negaban a recibir alimento.
    Schützenberger concluye en que se trataba de retrasos madurativos y falta de autonomía, ya sea para la comunicación o para desarrollar capacidades motrices. Y destaca que los síntomas persistieron por meses, para finalmente revertir.
    Resulta inevitable relacionar esas descripciones con muchos síntomas actuales en niños.
    El aislamiento social, preventivo y obligatorio que tuvo lugar entre marzo y noviembre de 2020 no los recluía en refugios antiaéreos sino en sus propios hogares. Y no se ocultaban porque caían bombas desde el aire, sino por un virus transmitido en el aire.
    No obstante, algunos aspectos eran idénticos en aquellos chicos y en estos: todos fueron testigos de la incertidumbre de sus mayores, todos cambiaron rotundamente sus ciclos biológicos y todos carecían del poderoso estímulo de sus pares. Es verdad, muchos escaparon antes de la cuarentena reuniéndose en pequeños grupos de vecinos o parientes, pero sin la eficaz masividad del colegio.

    ¿Cómo actuar frente a estos
    retrocesos madurativos, intactos
    luego de levantado el Aspo?
    Ayuda saber que las reacciones emocionales al encierro son frecuentes en los niños; y que son transitorias y reversibles. También es útil reconocer en cada familia aquellos «andamios» afectivos en los que apoyarse y recuperar lo perdido: retomar un sueño reparador, comer a horario, jugar sin tensiones, no depender de la presencia de sus mayores e incorporar actividades postergando el miedo.
    Las bombas (virales) seguirán cayendo, pero ante esto no conviene volver a encerrarse, sino respetar las medidas archiconocidas: barbijo, distancia y lavado de manos. Y saber que a otros hijos les ocurre lo mismo que a los propios.
    Así, madres y padres podrían identificar el momento para sacar a los chicos de los «refugios», esos que hoy generan tantas consultas.

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