Hay un momento del día en que el ruido deja de ser estruendo y se convierte en una especie de idioma común. Las amoladoras dibujan un zumbido constante, los martillos golpean el mármol con ritmos diferentes y una nube blanca comienza a cubrir lentamente el predio del Domo del Centenario.
A pocos metros, un grupo de chicos intenta adivinar qué figura aparecerá dentro de un enorme bloque de piedra mientras un turista levanta su teléfono para registrar cada movimiento del escultor.
Unos pasos más allá, un artista deja la herramienta, sonríe y responde una pregunta que probablemente escuchó decenas de veces durante la jornada.
Esa escena se repite desde hace casi cuatro décadas en Resistencia y constituye uno de los rasgos que distingue a la Bienal Internacional de Escultura de cualquier otro certamen del mundo.
Aquí las obras no nacen en un taller silencioso ni detrás de puertas cerradas. Se construyen frente al público, entre conversaciones, fotografías, curiosidad y asombro.
Los diez escultores internacionales llegaron desde Turquía, Bulgaria, Ucrania, Uzbekistán, Chile, Bielorrusia, España y la Argentina con proyectos completamente distintos.
Algunos buscan representar conceptos filosóficos; otros intentan desafiar los límites del material o explorar el movimiento, el tiempo, la paz o la poesía. Sin embargo, al conversar con ellos aparece una coincidencia inesperada.
Ninguno comienza hablando de su obra. Hablan de la gente. Del interés que despierta el trabajo cotidiano. De las preguntas de los niños. Del respeto con el que los vecinos conviven con las esculturas distribuidas por toda la ciudad. Del privilegio de producir una obra que no terminará en una colección privada sino en una plaza, una avenida o un parque, donde pasará a formar parte de la vida diaria de miles de personas.
cuÁndo termina
la Bienal
Para muchos, esa experiencia resulta inédita. Acostumbrados a simposios donde el contacto con el público es ocasional, descubrieron en Resistencia una ciudad que observa, pregunta, interpreta y hasta se apropia emocionalmente de cada escultura antes de que esté terminada. En definitiva, la Bienal también los transforma a ellos.
Dentro de unos días el ruido de las amoladoras desaparecerá del predio del Domo. Los gazebos serán desmontados y los bloques de mármol dejarán de ser un taller a cielo abierto para convertirse en nuevas esculturas distribuidas por distintos espacios públicos del Chaco.
Los diez artistas volverán a sus hogares Llevarán consigo fotografías, anécdotas y el recuerdo de jornadas intensas compartidas con colegas llegados de diferentes culturas. Pero también regresarán con una certeza que se repite en casi todas las conversaciones mantenidas durante la Bienal.
Resistencia no es solamente una ciudad donde hay esculturas. Es una ciudad donde las esculturas tienen espectadores antes de existir, donde los niños preguntan sin miedo, donde los vecinos se detienen a mirar cómo una piedra empieza a transformarse y donde el arte deja de pertenecer exclusivamente a los artistas para convertirse en patrimonio de toda una comunidad.
Quizá esa sea la explicación de por qué, casi cuarenta años después de su nacimiento, la Bienal Internacional de Escultura continúa siendo mucho más que un concurso. Es un encuentro entre culturas. Un taller abierto al mundo. Y una experiencia que, según coinciden quienes llegaron desde distintos continentes, termina esculpiendo tanto la piedra como la memoria de quienes pasan por Resistencia.
Lyudmyla Mysko: la paz una forma de esculpir el futuro
La guerra está lejos geográficamente de Resistencia, pero muy cerca de la vida cotidiana de Lyudmyla Mysko. La escultora ucraniana llegó por primera vez a la Argentina para participar del Certamen Internacional y, aunque su obra lleva el nombre de «Metraestructura», detrás de las formas abstractas hay un mensaje profundamente humano.
La artista busca representar el orden que persiste incluso cuando todo parece sumido en el caos.
Habla de la coherencia entre el espacio, el tiempo y la conciencia, pero cuando intenta resumir el sentido de su trabajo prescinde de cualquier explicación técnica. Su deseo es mucho más simple. «Quiero que todas las personas tengan paz», expresó.
La frase adquiere un significado especial si se considera el contexto que atraviesa su país, marcado desde hace años por el conflicto bélico. Sin necesidad de hacer referencias explícitas a la guerra, la escultora deja que ese anhelo impregne toda su propuesta artística.
Durante los primeros días en Resistencia también descubrió otra realidad que la sorprendió: una ciudad donde las esculturas forman parte del paisaje cotidiano. «Es un lugar muy lindo y tiene mucha suerte de tener un museo a cielo abierto. Es muy importante para las futuras generaciones que los chicos crezcan viendo arte», sostuvo.
Como la mayoría de sus colegas, destacó además la calidez del público chaqueño. «La gente es muy amable, hospitalaria y agradable», dijo mientras continuaba modelando el mármol.
En una Bienal donde abundan los conceptos filosóficos y las búsquedas formales, la obra de Mysko recuerda que el arte también puede convertirse en un lenguaje sencillo para expresar aquello que millones de personas desean escuchar: la paz.
Mauricio Guajardo: una obra pensada para ser tocada
En casi todos los museos del mundo existe un cartel que se repite: no tocar.
El chileno Mauricio Guajardo propone exactamente lo contrario. Su escultura «Cubo etéreo» fue concebida para que el público pueda acercarse, recorrerla, sentarse y apropiarse de ella. «Ojalá la gente la toque, la viva y pueda hacer una pausa en el camino», explicó.
Su postura rompe deliberadamente con la idea tradicional de la escultura como un objeto distante.
Para Guajardo, el arte público sólo cobra sentido cuando establece una relación física y emocional con quienes lo habitan.
La Bienal del Chaco, sostiene, ofrece justamente esa posibilidad. Los escultores trabajan frente a miles de personas que observan cada etapa del proceso creativo. Las preguntas aparecen espontáneamente. Los niños se acercan. Los adultos intentan adivinar el resultado final.
Y cuando la obra queda emplazada en la ciudad, ya no pertenece solamente a su autor. Pertenece también a quienes la vieron nacer. «Hay un diálogo muy directo con el espectador», explicó.
Para el artista chileno, ese vínculo convierte al escultor casi en un intérprete que realiza una performance frente al público. Durante su recorrido por Resistencia también destacó el enorme patrimonio escultórico construido durante casi cuatro décadas de Bienales.
«Es fantástico que las obras queden en el espacio público y que además se las cuide», afirmó. En tiempos donde muchas ciudades levantan barreras alrededor del arte, Guajardo propone exactamente lo contrario: acercarlo hasta poder tocarlo.
Alex Sorokin: la sorpresa de encontrar una ciudad distinta
La palabra que mejor define la obra del bielorruso Alex Sorokin es movimiento. La que mejor resume su experiencia en Resistencia es sorpresa. Su pieza, «Movimiento Cuántico II», intenta representar las partículas de luz y el carácter imprevisible del universo. Pero fue el propio escultor quien terminó sorprendido.
Durante el recorrido que los artistas realizaron por el circuito escultórico de Resistencia encontró una realidad que, asegura, nunca había visto. «Ni siquiera en Europa existe una ciudad donde haya tantas esculturas modernas», afirmó.
Más allá de la cantidad, hubo otro aspecto que captó inmediatamente su atención.
El estado de conservación. «Las esculturas están muy bien preservadas», destacó.
Según explicó, en muchas ciudades europeas las obras de menor tamaño suelen sufrir actos de vandalismo, situación que contrasta con el cuidado que observó en la capital chaqueña. También valoró la actitud del público durante el certamen.
«Las personas se detienen, leen los carteles, filman y sacan fotografías», comentó.
Para Sorokin, ese interés convierte a la Bienal en una experiencia muy diferente a la de otros concursos internacionales. Porque aquí el espectador no llega únicamente para observar una obra terminada. Acompaña su nacimiento.
José Cabello Millán: hacer que la piedra parezca liviana
Quien observa por primera vez una escultura de José Cabello Millán puede sentir que el mármol desafía su propia naturaleza. El escultor español lleva años investigando cómo transformar un material asociado históricamente con la rigidez en una superficie capaz de transmitir movimiento, flexibilidad y ligereza.
Su obra para la Bienal del Chaco se titula «Dualidad en movimiento», una pieza que explora precisamente esa tensión permanente entre conceptos aparentemente opuestos. «Siempre pensamos en la piedra como algo rígido, algo estático», explicó.
«Lo que busco es que quien la vea sienta que está girando, que es flexible, que puede moverse», expresó.
Esa búsqueda estética se convirtió en una constante a lo largo de una trayectoria que lo llevó a participar en certámenes y simposios de más de veinte países. Omán, Egipto, Canadá, Uzbekistán, Dubái, Arabia Saudita, Israel, Corea, Portugal, Francia, Italia, Suiza, Estados Unidos, México o Chile forman parte de un recorrido internacional que difícilmente encuentre comparación. Sin embargo, sostiene que Argentina ocupa un lugar especial.
«Siempre guardo muy buenos recuerdos porque he sentido muy cercana a la gente y con un interés enorme por el arte», aseveró. Ese vínculo volvió a confirmarse apenas llegó a Resistencia.
Durante el recorrido por el museo a cielo abierto esperaba encontrar muchas esculturas. Pero no imaginaba que convivieran de manera tan natural con la ciudad. «Verlas en las calles y comprobar que la gente las siente como propias ha sido una experiencia muy satisfactoria», expresa. La observación no es menor. Muchos escultores internacionales destacan la cantidad de obras existentes en Resistencia.
Cabello Millán pone el acento en otra cuestión. No habla solamente de las esculturas. Habla de la relación cotidiana entre esas esculturas y quienes viven alrededor de ellas.
Para él, allí reside una de las mayores singularidades de la Bienal. Porque una obra no termina cuando el escultor deja las herramientas. Empieza una nueva vida cuando pasa a formar parte del paisaje urbano y es apropiada por la comunidad. Un legado que comienza cuando termina la Bienal.
Néstor Vildoza: uno no sabe qué espíritu puede tocar
El único escultor argentino del certamen internacional no necesita demasiadas presentaciones en la Bienal del Chaco. Néstor Vildoza conoce el encuentro, conoce Resistencia y conoce también el valor que tiene trabajar en una ciudad donde la escultura dejó hace tiempo de ser un acontecimiento extraordinario para convertirse en parte de la vida cotidiana.
En esta edición presenta «Pino quebrado», la única obra del concurso realizada íntegramente en acero inoxidable. Una decisión que tomó apenas supo cuál sería el material disponible. «Yo dibujo mucho. Hago muchísimos diseños sin pensar necesariamente en qué material voy a realizarlos», contó.
Cuando la organización confirmó que podría trabajar con chapas de acero inoxidable de dos metros y medio, la idea apareció casi de inmediato. Pensó en una estructura formada por cuatro elementos que dialogaran entre sí y que, al mismo tiempo, fueran capaces de soportar la intemperie y el paso del tiempo una vez emplazada en el espacio público.
Sin embargo, el nombre de la obra no nació de un boceto ni de una reflexión conceptual. Fue una mirada ajena. «Alguien la vio y me dijo: ‘A mí me parece un pino quebrado’. Y quedó así», recordó entre sonrisas.
Pero más allá de la escultura, Vildoza habla de otra cosa. Habla de la gente. Habla, especialmente, de los chicos. Porque si hay algo que aprendió después de años participando en simposios y bienales es que el verdadero legado de estos encuentros muchas veces no está en el mármol ni en el acero.
Está en quienes observan. «Trabajar en la calle es movilizante para uno, pero también para la gente. Uno nunca sabe qué espíritu puede tocar», aseveró.
La frase resume una experiencia que el escultor repite desde hace años. Mucho tiempo después de cada Bienal, suele encontrarse con jóvenes que se acercan para contarle que eligieron estudiar Bellas Artes gracias a aquellas jornadas en las que, siendo niños, observaron por primera vez a un escultor trabajando frente al público.
«Después me dicen: ‘¿Usted no se acuerda de mí? Yo empecé Bellas Artes porque vine a una Bienal’», relató. Ese recuerdo sigue emocionándolo. «Había chicos que permanecían callados mirando durante horas y después hacían preguntas increíbles. Ahí uno entiende la responsabilidad que tiene y sabe que debe responder con mucho respeto.»
Durante el recorrido que realizaron los artistas por el patrimonio escultórico de Resistencia también volvió a encontrarse con obras que conoce desde hace décadas.
La presencia de Lucio Fontana lo conmovió especialmente, pero el momento más emotivo apareció frente a las esculturas de Fabriciano Gómez.
«Fue un maestro para todos nosotros. Como artista, pero sobre todo como ser humano», afirmó. En una Bienal donde cada participante deja una nueva pieza para el patrimonio chaqueño, Vildoza recuerda que las esculturas permanecen, pero también permanecen las personas que las hicieron posibles. Y que, muchas veces, el verdadero legado no puede medirse en toneladas de acero ni en metros cúbicos de mármol.
Furkan Depeli: «El joven que eligió hablar del tiempo»
Hay una energía distinta alrededor del espacio de trabajo del turco Furkan Depeli. Es el participante más joven del certamen y probablemente uno de los más expresivos. Trabaja acompañado por música, se mueve con rapidez alrededor del bloque de mármol y acepta con naturalidad que la piedra también pueda sorprenderlo.
Su obra, «Kair-Onos», propone un diálogo entre las figuras mitológicas de Kairos y Khronos para reflexionar sobre el tiempo, la existencia y la unidad del universo.
«Mi idea principal significa entender el universo como uno solo», explicó. Mientras talla, observa las vetas naturales del mármol travertino y disfruta descubrir cavidades o texturas inesperadas. «Me gusta no saber qué va a pasar después», sostuvo.
Pero la mayor sorpresa no estuvo en la piedra, sino en la Bienal. «Lo que hacemos aquí lo producimos juntos, no solamente para nosotros», afirmó al describir el espíritu colaborativo que encontró entre los artistas.
Cada vez que un visitante se acerca, deja por un momento las herramientas. «Me gusta explicar lo que estoy haciendo para que la gente pueda entender el concepto de la obra», dijo.
Georgi Minchev: un mantra que viaja
El búlgaro Georgi Minchev casi no pierde tiempo antes de comenzar a trabajar. Apenas llegó al predio tomó las herramientas y empezó a cortar el mármol con una velocidad que sorprendió incluso a sus colegas. Su obra se titula «Fragmento de algo más grande», aunque en realidad forma parte de una investigación artística iniciada hace años.
Más de cincuenta esculturas integran esa serie distribuida entre India, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Estados Unidos, China, Irán, Colombia, Omán, Rumania y ahora también la Argentina. «Intento mezclar formas geométricas. Es un mantra visual porque se repite una y otra vez», explicó.
Lo que no esperaba encontrar era una ciudad donde el arte fuera parte de la vida cotidiana. «La gente es cálida. Quiere ayudarte», resumió. Confiesa que probablemente recién cuando regrese a Bulgaria terminará de comprender la dimensión de la experiencia vivida en Resistencia.
Ulash Urakov: la poesía escondida dentro de la piedra
Para el escultor uzbeko Ulash Urakov, la poesía no se escribe. Se descubre. Y tampoco está solamente en los libros. Está dentro de cada persona. Por eso su obra lleva un nombre tan breve como profundo: «Poesía».
Mientras sostiene con firmeza el martillo y el cincel, Urakov busca revelar una delicadeza que, según explica, ya existe dentro del bloque de mármol. Su objetivo consiste en que quien observe la escultura haga una pausa. Que disminuya el ritmo. Que encuentre un instante para pensar.
«La poesía son las emociones internas de cada uno», explicó al describir el concepto que inspira su trabajo. La pieza también dialoga con la figura histórica del emperador mogol Babur, aunque el escultor prefiere que cada espectador encuentre su propia interpretación.
Acostumbrado a participar en distintos encuentros internacionales, reconoce que la Bienal del Chaco posee una característica poco frecuente. «La gente se asombra, viene, saca fotos, filma y se interesa por la obra. Eso es muy bueno porque no ocurre en todos lados», afirmó.
Esa relación permanente con el público aparece una y otra vez entre los testimonios de los artistas.
Urakov tampoco ocultó su admiración por Resistencia. «Por algo la llaman la ciudad de las esculturas», señaló luego de recorrer parte del patrimonio urbano. Quizá por eso, mientras cientos de personas observan cada golpe sobre el mármol, el escultor continúa buscando aquello que considera esencial: la poesía silenciosa escondida dentro de la piedra.

