Por Facundo Sagardoy
LA VOZ DEL CHACO
El artista visual, coleccionista y fundador del Museo de Arte Contemporáneo de Corrientes, Luis Niveiro, entrevistado por LA VOZ DEL CHACO, se detiene ante el origen del acervo fundacional como quien contempla una corriente subterránea que alimenta, en silencio, la superficie del tiempo. Allí, en una misma pared del museo, las obras de Miguel Dávila, Lea Lublin, Scafati, Juan Longhini, Fernando Bedoya, Alicia Díaz Rinaldi y Yuru Chupita se reúnen como constelaciones que dialogan en un mismo cielo, cada una con su pulso, su memoria, su forma de respiración.
Miguel Dávila irrumpe como un umbral luminoso en la biografía de Niveiro: figura que abre caminos, que ofrece el taller como territorio de iniciación, que sostiene la travesía hacia Buenos Aires en los años 80 como si tendiera un puente de materia invisible entre geografías y destinos. Lea Lublin se despliega envuelta en la densidad de los circuitos internacionales, con su obra expandida en museos del mundo, mientras su nombre se enlaza a la intimidad de la galería de Julia Lublin, espacio donde Niveiro inicia su tránsito profesional y donde el arte adquiere espesor de experiencia viva.
Los demás artistas dibujan un mapa de recorridos entrelazados: Scafati con la vibración del dibujo intervenido como pensamiento gráfico, Longhini con la fraternidad de los encuentros cordobeses, Bedoya con la deriva entre territorios y memorias políticas del arte, Díaz Rinaldi con la persistencia del grabado como escritura visual del tiempo. En ese entramado, la obra de Yuruchupita M. aparece como presencia correntina que respira dentro del mismo tejido, afirmando un territorio propio en el diálogo colectivo de la pared.
En el borde de esa trama, la colección de Nelly Arrieta de Blaquier se abre como un archivo de resonancias finas. Cada pieza, cada gesto, cada recuperación compone una arquitectura de memoria donde el arte circula como una corriente que enlaza afectos, trayectorias y épocas en un mismo movimiento continuo, donde todo permanece en estado de aparición.
- Luis Niveiro, coleccionista, fundador del Museo de Arte Contemporáneo de Corrientes. Luis, un placer poder hablar con vos nuevamente. Quisiera llevarte a la reflexión sobre un lugar que se transformó en un momento muy particular dentro de la exposición del acervo fundacional del Museo de Arte Contemporáneo de Corrientes, en el que se inaugura con una obra de Miguel Dávila, y también una obra de Lea Lublin. Sin embargo, en este núcleo hay muchas anécdotas que quisiera saber si querés compartir con nosotros. En principio, bueno, ¿cómo llegó tu contacto con Miguel Dávila? ¿Cómo viviste ese tiempo? ¿Qué significación tiene también la obra de Lea, muy cerca de él, y el resto de las obras que también se encuentran en ese espacio puntualmente del museo?
- Antes de responder tu pregunta, quiero expandirme un poquito más: en ese pack de obras colgadas en un mismo espacio, que vos nombraste, está Miguel Dávila y también está una obra de Lea Lublin. También existe otro trabajo: dibujo, tinta, técnica mixta de Scafati; y después también hay una obra de Yuruchupita M., correntina; otra obra de Juan Longhini, de Córdoba; otra obra de Alicia Díaz Rinaldi; y otra obra de Fernando de Doya. Bueno, eso conforma todo el pack de obras que está en un mismo espacio, en una misma pared. Comenzamos por Dávila. Bueno, Dávila en realidad es una donación que hizo su hijo. Él ya no está más con nosotros, pero sigue estando en parte de mi corazón, debido a que fue el que me empujó desde Corrientes a que vaya a estudiar a Buenos Aires, que vaya a trabajar a Buenos Aires, y me ofreció su estudio. Y así fue que yo me fui con él en el 81, empecé a trabajar y fui becado durante dos años por él. Y ahí quedó como una relación afectuosa con la familia. Tal vez así fue que después, cuando él murió, yo comencé con el proyecto; el hijo me ofreció una donación para que sea parte del patrimonio fundacional, y así fue. Por eso en ese momento, bueno, ahora está ahí colgado. Con respecto a Lea Lublin, es un grabado en realidad de los años 60, muy importante, porque con el tiempo ella adquirió renombre internacional, y bien merecido, fundamentando esto en que el MoMA tiene obras de ella, y también museos de París y de Valencia, y varias galerías que trabajan su obra a través del monitoreo y de la asistencia de su hijo Nicolás, que fue el que se encargó de mantener viva la obra de su madre y poder cuidarla. Y es lo que él sigue haciendo desde París, donde tengo entendido que reside. Pero aparte de esa anécdota, te puedo decir que cuando me fui a Buenos Aires en el 81, después empecé a trabajar en la galería que fue mi primer trabajo, mi primer galerista fue Julia Lublin, la hermana menor de Lea Lublin. Julia Lublin tuvo una galería que se llamaba Del Retiro. Entonces ahí fue cuando yo empecé a trabajar con Julia, donde conocí a Lea, y también donde hice mi primera muestra en una ciudad tan competitiva como Buenos Aires. En ese momento, junto con la Galería Benzacar, eran las dos galerías de mayor renombre en los años 80 y 90. Bueno, esa vendría a ser la anécdota. Después, esa obra me llegó ahora a través de una compra que hice a unos parientes de Julia Lublin en aquel momento. Y ahora está dentro. De cualquier manera, esa obra no está donada, sino que está en préstamo; es de mi colección privada. Y yo quería, en honor a Julia Lublin, que fue mi galerista, que por lo menos una obra de la hermana esté en este momento en carácter de préstamo exhibiéndose en el museo. Después, Scafati: yo lo conocí también en los 80 y hubo una gran empatía entre nosotros. A mí me gustaba mucho su dibujo; él siempre trabajaba para revistas y diarios, es mendocino, e intervenía en las páginas de Página/12. Así nos hicimos amigos hasta que llegó un momento en que intercambiamos obras, y bueno, ahí está esa obra que ya es parte del Museo de Arte Contemporáneo. Después está Juan Longhini. Longhini es un colega de Córdoba, trabajó en el Museo Caraffa de Córdoba mucho tiempo, y cuando yo expuse durante la dirección de Rafael —que fue un gran protector de artistas— él me invitó. Yo expuse allí una serie de cajas de objetos, y pude conocer a varios artistas cordobeses. A partir de ese momento nos declaramos amigos eternos y hasta ahora mantenemos ese vínculo tan sano de amistad entre artistas. Bueno, llegó el momento en que el proyecto empezó a funcionar, entonces Juan Longhini colaboró con ese dibujo que está ahí, que es sobre papel. Después tenemos a Fernando Bedoya. Fernando es oriundo de Perú y estuvo radicado mucho tiempo en Argentina, y ahora está entre Argentina y Perú. Conformó matrimonio en Perú, o sea que ahora está más tiempo allá que en la Argentina, pero en los años 80 estuvo entre nosotros. Hizo muchas obras, participó en varias muestras juntos, y si mal no recuerdo, fue uno de los que intervino en las acciones vinculadas a las siluetas de los desaparecidos que se pintaban en la calle y luego se trasladaban al papel. Después tenemos a Díaz Rinaldi, Alicia, una gran grabadora argentina, con una extensa trayectoria, premios del Fondo Nacional de las Artes, premios nacionales y municipales, residencias en España y Berlín, siempre con un tinte innovador, especialmente en los años 80 y principios de los 90. Y por último, una de las obras más recientes incorporadas a la colección es la de Yuru Chupita Emme. Bueno, ya habíamos venido conversando sobre donar algunos de sus afiches, y sobre la marcha sentí la necesidad de que en esa pared faltaba algún artista correntino entre tantos extrarregionales. Entonces apareció su obra: la trajo enmarcada, todo prolijo, espléndido, y le dije: “Emme, acá va a ir tu obra, porque creo que tiene que estar en esta pared una representación correntina”. Y creo que ese es tu lugar, a mi humilde entender, sin caer en ninguna marca curatorial, sino más bien como una exhibición de obras del patrimonio, nada más.
«Miguel Dávila fue quien me empujó a ir de Corrientes hacia Buenos Aires»
- ¿Cómo era hacer arte en ese momento, en el que Dávila abría las puertas de su taller? ¿Y cómo era también trabajar en ese momento con Lublin, el mundo de la galería, para un artista de Corrientes que va hasta Buenos Aires, en este entorno tan competitivo?
- La competencia siempre estuvo ahí. O sea que, y más en el medio artístico, donde hay mucha creatividad y muy buenos artistas, muy buenos creadores, pensadores en las distintas disciplinas, y yo creo que hay mucho mérito ahí. Entonces el mérito es fundamental para seguir evolucionando y hacer conocer lo que uno hace dentro de las artes plásticas.
Mi llegada a Julia Lublin se debió a una serie de circunstancias que se dieron accidentalmente, porque la beca en ese momento ya había terminado. O sea, no tenía ningún ingreso, pero seguía tomando clases con otro profesor que me abrió la puerta. Y mientras tanto yo empecé a trabajar de administrativo en una pyme en Barracas.
Cuando mi nuevo profesor me preguntó en qué estaba trabajando, yo le dije que estaba trabajando como administrativo, porque tenía conocimientos de perito mercantil. Entonces me dijo: “No, no, no, vos ahí no tenés que trabajar. Andá a mi galería y hablá con mi galerista, que se llama Julia Lublin, que ella está necesitando alguien que le ayude”.
Entonces bueno, yo fui allí, me presenté en nombre de uno de sus artistas preferidos, y le dije que estaba buscando trabajo y que él me había informado que ella necesitaba a alguien. Entonces ella me preguntó qué sabía hacer. Yo le dije, entrando como un toro en lo posible y sin dejar ninguna ventana abierta: “Yo sé hacer de todo”.
Y ahí le describí todo lo que sabía hacer: que era perito mercantil, que sabía escribir a máquina, que sabía llevar libros de banco, libros de caja, hacer inventarios, que tenía dos idiomas, que fui becado, en fin, que había estudiado con Dávila, con Pablo Bobbio, etcétera.
Entonces ella me dijo: “Está bien. Decime una cosa, ¿podés trabajar ya?”. Y bueno, ahí fue algo extraordinario, porque estaba por entrar a trabajar en una de las mejores galerías de Buenos Aires en ese momento, muy contemporánea. Así que fue una satisfacción.
Yo le dije, como era un miércoles, que si podía empezar el lunes siguiente, porque me pagaban por semana donde estaba trabajando. O sea que si me iba y trabajaba hasta el viernes, iba a poder cobrar toda la semana. Entonces el lunes empezaba con ella.
Y así fue: el lunes empecé a trabajar. Y de ahí pasaron dos años, y al tercer año empecé a ser artista de la galería. Y ahí conocí la obra de Lea Lublin, y también a ella. Lea había ganado el premio Braque en los años 60, y con esa beca se fue a vivir a París, donde quedó radicada. Después tuvo residencias allí y continuó su carrera internacional. Cada tanto volvía a la Argentina a exponer en la galería de su hermana. Y esa es la relación que tengo con la obra de Lea Lublin.
«La colección Arrieta de Blaquier era una de las más exquisitas del arte contemporáneo»
- En este contexto, también hay un marco muy importante, en esa obra justamente que tiene historia propia: es un marco que viene de la colección la colección de Nelly Arrieta de Blaquier, que lamentablemente ya no se encuentra en su carácter privado. Quisiera que me cuentes esa historia.
- Bueno, en realidad fue a través de una curadora que estaba a cargo de la colección, y hubo una gran renovación del contenedor de las obras. Entonces es como que empezaron a descartar ciertos estilos de cuadros para modernizar la presentación y poner en valor las obras. Entonces, estaban por descartar y tirar esos marcos, que no estaban en tan buen estado. Yo los descubrí, los restauré, les puse en valor, y bueno, esa es la pequeña historia. Pero en realidad no es algo excepcional, es como cualquier otro material que uno encuentra en un contenedor o en una colección que descarta elementos que se consideran obsoletos, que ya no tienen valor económico ni estético porque la época cambió.
- ¿Y qué recordás de esa colección cuando visitaste la colección de Nelly Arrieta de Blaquier, mejor conocida como la última gran mecenas del arte?
- ¡Oh, extraordinaria! Una colección muy exquisita, de mucho contenido de la historia del arte contemporáneo. También tenía algunos clásicos. Carlos Pedro Blaquier fue un gran coleccionista de Figari, y también tenía obras del constructivismo argentino como Enio Iommi, Kosice, Torres García, en fin. Era una colección muy importante.
Creo que no estaba abierta al público, sino que se accedía mediante visitas organizadas. Tal es así que en ese momento también estaba el secretario cultural de la Embajada de Estados Unidos, que era amigo mío, y pude organizar un grupo de funcionarios de otras embajadas para conocer la colección Blaquier-Arrieta antes del desmembramiento posterior.
También estuvieron representantes de las embajadas de Brasil y de Perú. Y bueno, fue algo muy interesante que se pudo realizar. - Muchas gracias, Luis.
- No, al contrario, muchas gracias a vos.

